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Casi un país | 29/08/2013
"La peor dictadura es el miedo"
Fallecido esta semana a los 88 años, el eminente médico, filosofo, académico, historiador e Individuo de número en cuatro academias, Blas Bruni Celli advirtió, en esta entrevsta, publicada en TalCual en 2009, que cuando un país pierde su libertad, se arriesga a acabar en manos de pillos, ignorantes y mandones
ELIZABETH ARAUJO
Blas Bruni Celli
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Para llegar al universo de Blas Bruni Celli hay que sortear un ordenado laberinto de libros que resisten el roce del tiempo, y reverenciar, sin recibir un saludo a cambio, a los filósofos griegos que miran desde la lejana ubicación de la biblioteca, como reafirmando que la historia es el alma verdadera del saber.

"Esos hombres que ve allí están vigentes en un siglo nuevo y tumultuoso", explica, con voz amable pero recia, un señor alto, enfundado en traje gris y corbata, que sigue al caminar el trazo de la luz difusa de la habitación, y se planta, altivo, frente a una fila de libros, desde donde se repiten los nombres de Aristóteles y Platón, dos de sus "más apreciados amigos".

Nacido en la población de Anzoátegui, estado Lara, en 1925 ­justo el año en que Adolfo Hitler terminaba de escribir Mi Lucha y Benito Mussolini decretaba el fin de los partidos de oposición para dejar al partido fascista como única referencia en Italia­, Blas Bruni Celli conserva, a sus 84 años de edad, no sólo la vitalidad física sino también el esplendor de la lucidez mental del investigador y profesor universitario, dos cualidades apreciables que lo convierten en rara avis del mundo intelectual, y tal vez que explican su condición de miembro honorable de las academias de la Lengua, Medicina, Ciencias y de la Historia.

En reconocimiento a esta frondosa vida, la Asociación de Egresados y Amigos de la UCV, en ocasión de los cinco años de su fundación, lo ha reconocido con el Premio Alma Mater, que se le entregará el 28 de mayo, en la Sala E de la UCV, donde igualmente será galardonada con el premio al Mejor Proyecto la doctora Ana Herrera.

–¿Cómo se llega a ser individuo de número en cuatro academias y conservar la calma en un siglo alterado por la prisa tecnológica?
– Se llega a través del estudio. Esos no son premios. Uno ingresa a la Academia tras entregar sus horas a la investigación, al estudio. En mi caso, empecé en la medicina, que es realmente mi profesión. Soy médico patólogo. Trabajé durante 30 años en la Facultad de Medicina de la UCV y di clases en la Escuela Vargas. La medicina ayuda a consolidar el conocimiento en otras disciplinas, como las ciencias, historia, filosofía o la literatura y las artes. Actualmente doy clases de griego antiguo en la Escuela de Filosofía, y el tiempo que me sobra lo dedico a traducir la obra De natura hominis del filósofo Nemesio Di Emesa (480 dC). ¿Parece nombre de maracucho, verdad?

–¿Hay una conexión entre la filosofía griega y este mundo convulsionado, en medio, además, de un país afectado por tanta violencia y tanto miedo?
–Precisamente ayer en la Academia de Historia hice referencia a esto. Porque, a pesar de que uno pueda estar trabajando sobre el siglo IV o V, no se aísla de la realidad. Al contrario, muchos de los libros sobre esta materia, que se están escribiendo, son acerca de Venezuela, porque el país está entrando en una fase de fractura. Eso lo hemos hablado en la Academia. Y yo lo llevo al plano cotidiano: se fracturó un hueso, una mesa...

–¿De qué modo está fracturada Venezuela?
–En griego esa palabra designa lo que se divide por la mitad, una cosa u otra. Es como tener esquizofrenia, porque el esquizofrénico tiene dos cerebros que actúan en sus dos partes. Hay confusión social. Venezuela está entrando en una etapa muy peligrosa porque no nos damos cuenta de que hay un país que lucha por un lado y otro que lucha por el otro. Ninguna de las dos partes se reconoce. Ambos están mal y esto puede tener un impacto social peligroso. Deben imponerse mínimas condiciones para que los venezolanos podamos convivir, bajo las normas del derecho y del sentido común.
 
–Se trata de una fractura declarada...
–Absolutamente. Es una factura declarada, y declarada nada menos que por el jefe del Estado. Nuestro Presidente la ha agarrado ahora por mandar a todo el mundo al cipote, tanto a los que no piensan como él o no quieren ser como él, como a los que están con él. ¿Qué significa eso? Que es un hecho muy grave, porque se está socavando el verdadero valor de la democracia; y la democracia, con todas sus imperfecciones, es el escenario de la confrontación, es verdad, pero también del reconocimiento de la existencia del otro. Si una parte del país se niega a aceptar a la otra parte, entramos en una guerra, que no ha pasado a peor, porque un sector del país está armado y el otro, no.
 
–Para salir de ese terreno peligroso, ¿entonces hay que reconocerse?
– Sí. Obligar a las dos partes a reconocerse. No podemos seguir viendo que ambas partes se nieguen a reconocerse. Creo que debería existir una organización superior, surgida de ambos bandos, con suficiente autoridad para decir: "Miren, ustedes dos, parecen unos niños que se están peleando; vamos a ver qué los une, y olvidemos lo que los desune". Claro, es una tarea difícil, porque es más fácil destruir que construir.
 
–¿Y ese punto de unión dónde reside?
–En la democracia, y en los valores de la libertad. Hay que insistir en la democracia. Está bien, no es el sistema más completo, pero es lo único que se acerca a lo más perfecto, porque todos tienen iguales derechos e iguales deberes. Todos tienen una obligación y un derecho. La democracia es el árbol frondoso donde da frutos la libertad. Cuando un país pierde la libertad, corre el riesgo de quedar en manos de pillos, ignorantes y mandones.
 
–Cuando Hugo Chávez llegó a la presidencia, ¿usted creyó en él?
–No quiero jugar al "Vaticinia Post-Eventum", pero eso se veía venir. Porque el país entonces, al igual que hoy, requería de una dosis de prudencia, una gran habilidad, sindéresis, paciencia. El presidente de un país no tiene que ser un sabio, es verdad, pero sí prudente; saber escuchar es el secreto del buen gobernante. Los griegos tienen una palabra que es muy buena, "sofos", que es sinónimo de hombre sabio. Los filósofos defi nían al hombre sabio no como el que, necesariamente, es el que sabe, sino que al combinar el conocimiento con la prudencia es el que hace menos daño o ningún daño. Para hacer el bien, lo primero es no hacer daño. Igual para construir: primero no destruir lo que está construido.
 
–¿En qué ha fallado el presidente Chávez?
– En que no ha cubierto las grandes necesidades de la gente. Nuestro presidente habla en abundancia, pero en la realidad se observa otra cosa. Ese es el gran fracaso de Chávez: no haber visto ese crecimiento de la población, que creció de manera exponencial, sin recursos de vivienda, trabajo, educación y de salud, y a pesar de cuanto hable y diga, los problemas siguen ahí. Es triste cuando existe esa realidad y llega un demagogo y populista, que sabe hablar y controla en parte a esas personas con grandes carencias, pero que siguen siendo pobres. Y ante el fracaso de su propia incapacidad, ¿qué se le ocurre? Inventa un proyecto político que ha fracasado en todas partes, el socialismo o comunismo. Llámese como se llame, lo que hace este gobierno contra la iniciativa privada es erróneo. En China, Brasil, por decir dos modelos distantes, están funcionando las cosas porque se dieron cuenta a tiempo de que hay que trabajar en conjunto.
 
–Por todo lo que ha visto y vivido, ¿usted está del lado de los que creen que esta situación tendrá una salida satisfactoria?
–Lo creo. Antes, en las dictaduras de Juan Vicente Gómez y de Pérez Jiménez, no existían los organismos internacionales. Eso es importante. Y aunque no se trata de una dictadura parecida a la de Marcos Pérez Jiménez, existe la dictadura del miedo. Y esa es peor. Uno sale a la calle y no sabe si va a ser secuestrado o si una bala perdida lo mata. Llevamos una vida de peligros cotidianos. Y esto no puede durar tanto. Nada es eterno. Si no fuera porque Venezuela tiene una tremenda tradición democrática, otra cosa sucedería. Un ejemplo es esa juventud estudiantil, que ha tomado conciencia de la realidad y reacciona de modo inteligente, creativo, frente a un poder que se vale de la intimidación y la violencia. Yo marché este 1º de Mayo; éramos como 29 académicos y profesores, más o menos de mi edad, y sufrimos con los gases lacrimógenos, pero no nos rendimos. Llegamos a donde queríamos llegar. Ese es el precio que se paga cuando los pueblos deciden resistir.

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