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Opinión | 16/01/2013 | 1 Comentarios
Un asunto inmobiliario
Vencido el tiempo de espera del inquilino enfermo, y sin tener noticias suyas, la señora Venezuela acude a los tribunales con la idea de que le sea devuelta su casa, y es entonces cuando Venezuela descubre que está a punto de perder su propiedad. Un tribunal contaminado con las mismas ideas del teniente coronel que le invadió el Palacio de Miraflores, decide que doña Venezuela debe esperar el regreso del inquilino, para ver si le devuelve su residencia
ELIZABETH ARAUJO
Maduro
8 1a

No por conocida la historia deja de adquirir importancia en estos días. Ocurrió en febrero de 1999, cuando la señora Venezuela le cedió, en calidad de alquiler, el Palacio de Miraflores a Hugo Chávez, entusiasta teniente coronel que había llegado a la cumbre de la popularidad por su prédica contra la corrupción y sus promesas de llevar con buen tino su nuevo trabajo. No pasó ni un año, y ya los allegados de la señora Venezuela le previnieron de las verdaderas intenciones de su inquilino.

El hombre se estaba amparando en nuevas leyes y se valía del terror que imponían las movilizaciones de sus seguidores para quedarse un largo tiempo en la residencia. De modo que la propietaria de la vivienda terminó por aceptar los términos de los nuevos acuerdos que el muy hábil inquilino le añadía a la documentación original del contrato.

Con el tiempo, doña Venezuela buscó la manera legal pero infructuosa de echar al mañoso inquilino de su casa. De hecho, a su alrededor se repetían escenas semejantes, y hubo inclusive casos como el de una pareja de ancianos que debió vivir en el interior de su camioneta, estacionada frente al edificio donde residían, para presionar a una inquilina pasada de viva que, ayudada por un tribunal, se negaba a entregarle el apartamento.

Inspirado en esa filosofía de la justicia social que predicaba el teniente coronel, hubo también invasiones de fincas, ocupaciones de terrenos baldíos y expropiaciones de fábricas y edificios que terminaron en el abandono y el fracaso.

Como la vida no es más que una asimetría y nada es perfecto, cuando el inquilino mañoso se había olvidado del tema y montaba sus fiestas populares en los espacios de lo que consideraba ahora como "su residencia", de repente cae inexplicablemente enfermo y se ve obligado a abandonar la vivienda de la señora Venezuela, atendiendo a la urgencia de su curación.

 En su lugar, deja a un segundón quien, de tanto pasarlo junto al inquilino, terminó por adquirir sus mañas y pretende quedarse con la residencia, argumentando que el "propietario" le encomendó que se la cuidara.

Vencido el tiempo de espera del inquilino enfermo, y sin tener noticias suyas, la señora Venezuela acude a los tribunales con la idea de que le sea devuelta su casa, y es entonces cuando Venezuela descubre que está a punto de perder su propiedad.

Un tribunal contaminado con las mismas ideas del teniente coronel que le invadió el Palacio de Miraflores, decide que doña Venezuela debe esperar el regreso del inquilino, para ver si le devuelve su residencia.

"¿Por cuánto tiempo?", pregunta con ingenuidad Venezuela, y otra doña, la del tribunal, le responde que el tiempo que se tarde la recuperación del inquilino. La señora Venezuela se inquieta y pregunta angustiada: "¿Pero es muy grave lo que tiene? ¿Y si fallece y no regresa?".

La doña del tribunal se le queda mirando fijamente y con un tono de solemnidad donde no está ausente la franqueza, le confiesa: "La verdad es que no sé qué es lo que tiene... pero le digo una cosa, si eso último que me pregunta llegara suceder, ¿cómo vamos a hacer para desalojar al señor que su inquilino dejó al cuidado de la casa?"

 
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