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Opinión | 15/01/2013 | 1 Comentarios
¿Casi chavista?
Abatida la conseja sifrina de la fealdad roja, Winston Vallenilla, de lo más exRCTV, e Ivian Sarcos, Miss Mundo 2012, en tarima, junto a la incalificable pareja de Nicaragua, Evo Morales, José Mujica el Breve (como dijo una poeta), y otros gobernantes y funcionarios del continente
GISELA KOZAK
Chavistas
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A visada por mis estudiantes de los inconvenientes para llegar a clase, me senté a ver la cadena en la que el pueblo rojo, que para efectos revolucionarios es el pueblo venezolano, se juramentó en la toma de posesión de la Presidencia de la República, curiosa ceremonia hecha en ausencia del Camarada Padre Presidente Comandante Líder de carne y hueso. Soy Chávez, somos Chávez, el espíritu revolucionario encarna en el pueblo en nombre del Padre y por la intercesión del hijo, Nicolás Maduro. Las tres divinas personas son una y todos son Dios y Chávez.

Abatida la conseja sifrina de la fealdad roja, Winston Vallenilla, de lo más exRCTV, e Ivian Sarcos, Miss Mundo 2012, en tarima, junto a la incalificable pareja de Nicaragua, Evo Morales, José Mujica el Breve (como dijo una poeta), y otros gobernantes y funcionarios del continente. Un acto de alcance internacional, con el viceministro cubano al que se le iban los gallos hablando de democracia (por qué será), y demás invitados diciendo que ellos eran Chávez.

Se abre el acto con una grabación del Himno Nacional cantada por el propio Camaradapadrecomandante; siguieron representantes de la canción necesaria ­incapaces de una renovación del género, émulos de Simón Díaz y Alí Primera sin su talento, meros voceros de letras ramplonas rebosantes de amor al líder y a la revolución.

En este "remake" de los años sesenta cuyo rojo esplendor se recortaba en medio de la belleza del cielo, todo parecía calculado: intervenciones, presencia de Nicolás y Diosdado y de representantes principales de los poderes públicos en muestra de inquebrantable unidad, los presentadores, los aviones de guerra sobrevolando la ciudad, la música, las consignas voceadas por miles cuyas caras expresaban satisfacción y alegría cuando eran enfocadas por las cámaras.

Sentí una sensación de congoja: yo que fui comunista a destiempo en los ochenta, leí a Marx, soy feminista y he sido activista por los derechos LGBT, estoy en el bando que perdió y mis líderes declaran por separado y cosas distintas. "Derrota", el poema de Rafael Cadenas, resonaba en mi cabeza.

Mis causas no interesan ni siquiera nominalmente como en el chavismo y, para colmo, todavía hay quien cree que el chavismo sin Chávez es una arepa sin carne y no una identidad política, cultural y social, tanto que el discurso social de los candidatos opositores se le asimila. Qué delicia sería sentirse parte de los dueños de la verdad, parte de un solo cuerpo orientado hacia un mismo fin, reivindicada, plena y segura.

Pero no puedo: no resisto la tiranía de la mayoría, esa tiranía en la que valen los votos y no las leyes, la fuerza y no los principios, la lealtad y no el conocimiento, los dogmas y no la fuerza de los hechos que deja en claro la ineficacia y autoritarismo rojos. Estoy acostumbrada a ser minoría de toda la vida y a reivindicar los fueros de la libertad individual: como individuo, siempre despierta, así a veces la lucidez sea dura.

 
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