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Editorial | 14/01/2013 | 1 Comentarios
El país sin cabeza
A nosotros nos queda una duda acuciante y muy peculiar que no nos queremos tragar: ¿quién manda en este país?, lo cual no es una bagatela. Porque el Presidente, sin duda, es Hugo Chávez, que hasta donde es dado saber no está en el país y guarda el más absoluto y prolongado ensimismamiento
FERNANDO RODRÍGUEZ
Sin cabeza
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La verdad es que no fue poca cosa la orgía de disparates y atropellos de la semana pasada. Por ahora el Tribunal Supremo le puso punto y seguido al debate sucesoral con una escandalosa sentencia que hará historia, pero que no disuelve una arrechera muy amplia, que habría que hacer productiva, por ejemplo en la anunciada concentración del 23.

A nosotros nos queda una duda acuciante y muy peculiar que no nos queremos tragar: ¿quién manda en este país?, lo cual no es una bagatela. Porque el Presidente, sin duda, es Hugo Chávez, que hasta donde es dado saber no está en el país y guarda el más absoluto y prolongado ensimismamiento; supuestamente imparte complejas y secretas instrucciones, pero a nosotros sus conciudadanos no nos da signo alguno, ni un saludo, lo cual nos deja en la incertidumbre.

Y en cuanto al propio Maduro no sabemos muy bien cuál es su estatus ya que no es presidente encargado, ni suplente, ni interino, ni nada parecido.

Vicepresidente a secas, según la "lógica" del Tribunal. Ahora bien, ya sabemos, por ejemplo, que no es Comandante de la Fuerza Armada, función intransferible, lo cual nos deja sin jefe supremo, si nos invaden los gringos, pongamos por caso, como tanto se nos ha pronosticado.

O le es vedado firmar ciertos acuerdos internacionales de vital importancia, que siendo pichones de potencia no es tontería. O remover ministros incompetentes o ladrones, etc.

Lo más que se podría decir es que Maduro es el segundo del Primer Magistrado y hasta se nos ocurre llamarlo, dada su estatura física, el Segundón.

Y ahora, para colmo de males, le dio por irse él también a la metrópoli cubana, lo que enreda más el papagayo en esta periferia. En todo caso no va a ser cómodo andar por la vida con semejante acefalía.

Como quiera que es difícil tragarse argumentalmente tanto retorcimiento como los habidos en estos días, el gobierno parece dispuesto a apelar a métodos muy fácticos y rudos para meter en cintura a los descontentos. Hizo una marcha para demostrar que todos somos Chávez; por lo tanto, poco importa que el Chávez originario esté ausente temporal o definitivamente, se ha clonado multitudinariamente.

Allí pasaron cosas dignas de registrar, más allá de las habituales ­las manadas de autobuses verbigracia o las desganadas milicias­, tales como que el casto padrastro Ortega llamó carroñas a los diputados opositores, electos por la mayoría de los venezolanos.

Y otro de los muy escasos y poco prominentes presidentes que asistieron, el más lamentado, Mujica, se sentó tan modosito y bonachón a avalar la juramentación sin juramento, con alguna mesura, es cierto, pero don Pepe, eso no se hace.

El héroe de la batalla de los sexos y otros combates similares, Winston Vallenilla, faranduleó el acto, junto a una de las misses, que solo exhibió sus beldades. El Segundón, en su debut, amenazó, culpó e insultó a media humanidad, invocó al enfermo infinitas veces y le dijo a los gobernadores que los desconocería si no lo reconocían. Capriles le respondió recordándole su mediocridad y que no había dejado hablar a Al Capone (Cabello).

Le dieron la enésima puñalada a Globovisión por hacer una cita incompleta, lo que sienta un criterio lingüístico novedosísimo y, por demás, impracticable: no citar una frase de El Quijote sino el libro entero. Le cerraron, por presión, el programa a Damián Pratt en Guayana. Le entraron a piña, gas y perdigones de los buenos, a estudiantes contestatarios tachirenses con allanamiento y todo.

La inflación de diciembre fue la más alta en varios años y la escasez hace de las suyas. En navidades entraron 498 cadáveres a la morgue capitalina. El país está inmóvil y la crisis asoma sus pezuñas.

 
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