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Cronicario | 08/01/2013
Cae la ilusión
La crisis ha acentuado los casos de explotación laboral de los que los inmigrantes son los más perjudicados. El colombiano Luis Alberto Salcedo dice que ahora le ofrecen trabajar en ‘negro’ a 4,5 euros la hora y como prioridad, los trabajos se los ofrecen a los españoles y no a los inmigrantes
GINÉS DONAIRE / El País (Madrid)
Inmigrantes
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Luis Alberto Salcedo Páramo, o Beto como le conocen sus familiares y amigos, llegó a España en el año 2007 con apenas 26 años. Salió de su país, Colombia, en busca de lo que entonces era poco más que el Dorado para muchos de sus compatriotas.

Pero seis años después ha pasado de la ilusión por una vida próspera para él y los suyos a la frustración más profunda al verse parado y sin ninguna expectativa laboral a corto plazo. Su condición de inmigrante le hace ser víctima propiciatoria del hundimiento del mercado laboral.

Animado por la experiencia de una hermana suya que hizo de avanzadilla, Salcedo cruzó el Atlántico rumbo a Jaén, donde se enroló primero en la campaña de la aceituna. Lo hizo recién casado y con su mujer, que entonces tenía 19 años, embarazada de su primera hija. Tras el olivar no le fue fácil encontrar trabajo en la construcción, que entonces vivía su momento más dulce. “Estuve dos años de peón entre distintas empresas con contratos pequeños pero ganando unos 1.200 euros al mes”, recuerda Beto, que después pasó por una cantera de áridos.

Pero la burbuja inmobiliaria provocó el desplome en el sector de la construcción y dejó a este joven colombiano sin trabajo, y así lleva dos años. “Ahora solo me sale trabajo para algún día suelto o alguna chapuza”, dice, resignado.

Además, la crisis ha acentuado los casos de explotación laboral de los que los inmigrantes son los más perjudicados. “Claro que hay discriminación, nos ofrecen trabajos con salarios mucho más bajos que a los españoles, o jornadas de nueve horas en la obra por 40 euros y sin dar de alta. Y encima te dicen que si no lo quieres hay mucha gente esperando”.

De este modo, la desesperación empieza a cundir en este joven inmigrante colombiano, que vive en el barrio jiennense de Peñamefécit, con su mujer, Ángela, y sus dos hijas, de seis años y nueve meses, las dos nacidas en Jaén.

Luis Alberto ha estado cobrando la ayuda de los 400 euros del plan Prepara, pero ya se le ha agotado y aún no sabe si el Gobierno la va a prorrogar. Su mujer echa algunas horas como limpiadora en casas particulares, pero la joven pareja tiene que afrontar el alquiler mensual de 450 euros de la vivienda y tienen que recurrir a la ayuda de diversas instituciones para alimentar a sus dos pequeñas.

Lejos quedan ya los tiempos en los que Salcedo enviaba dinero para ayudar a su familia de Colombia. Hoy, bastante hace con subsistir. Y no será porque no intenta abrirse puertas cada día. Él tiene el título de bachiller en su país, pero asegura que su homologación en nuestro país es ardua y costosa. “Quiero hacer cursos de electricidad, de instalador de placas solares o de conductor de ambulancias, pero me exigen una titulación que no puedo acreditar”.

Lo que no se plantean Luis Alberto y su familia es volver a su país de origen. Entre los inmigrantes la vuelta a casa es lo que más les avergüenza porque no quieren compartir la frustración con sus compatriotas. “Volver a nuestra tierra sería el último recurso”, indica, convencido, Salcedo, que valora, sobre todo, la universalidad y gratuidad de nuestro sistema sanitario.

Hace unos meses tuvo que ser operado de un cáncer de estómago, del que se recupera satisfactoriamente aunque le haya limitado el círculo a la hora de buscar trabajo.

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