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Libros, periodismo, medios | 21/12/2012
Las señoras del CNE
La elite chavista sabe cómo retener el poder (con recursos propios y ajenos); pero, ¡ay!, tiene problemas con la lengua. Tener problemas con la lengua es tener problemas con la ética: si no sabes hablar, tampoco sabrás cómo proceder
SEBASTIAN DE LA NUEZ
CNE
7 0a

El profesor Ángel Rodríguez Luño dice que las virtudes son necesarias para perfeccionar la libertad, porque ellas son capaces de quebrar en buena parte esa cierta indiferencia de la voluntad, que se ve, además, solicitada por los bienes aparentes que le presentan las personas desordenadas.

Aunque la libertad esencialmente no puede perderse nunca, disminuye por el pecado y se acrecienta por la virtud.

La verdad es que uno está bastante harto de la ausencia de virtudes en personajes públicos. Las cuatro damiselas del Consejo Nacional Electoral, por ejemplo. Cuatro mujeres sin recato ni vergüenza, salivando en abundancia cuando se llenan la boca de "ciudadanos", "patrias" y "comandantes", amparando por acción u omisión las trapisondas de un poder Ejecutivo que se lleva por delante la Constitución y la propia idea de República.

Ellas lo avalan todo, engolosinadas del poder que la mediocridad en pasta les regaló. Eso sí, ponen buen cuidado en marcar el género de cada sustantivo. Cada vez que escucho a alguien marcando las diferencias de género recuerdo la serie "Los invasores", donde David Vincent detectaba a los marcianos camuflados como humanos al observarles el dedo meñique: si lo tenían tieso, eso los delataba.

Igual pasa con la elite chavista: escudan su vocación delictiva tras el igualitarismo sexista. El único que probablemente no lo hace es Vielma Mora, el menos chavista de los chavistas. Pero los demás llegan al paroxismo de graznar "buitres y buitras" para referirse a la oposición, como fue el caso de una diputada no hace muchos días.

Ante esta ola que sacude al país uno debe recogerse en estas vacaciones para leer a las personas que resguardan, en primer lugar, el lenguaje. Comienzo la semana leyendo a Fernando Savater, el filósofo en zapatillas (así lo describió Vicente Molina Foix).

Lo imagino en su apartamento lleno de libros aparcados en segunda y tercera fila, apoltronado en pantuflas, piernas cruzadas, bata de andar por casa. La gente da ciertas cosas por sabidas y suele pasarlas de largo con un bostezo.

La gente olvida la la ética porque la da por aprobada, la supone instalada en alguna parte del cerebro, su sistema operativo en stand by permanentemente alerta, dispuesto a encender su bombillito rojo si intentamos pasarnos de la raya. Y no es así.

Por eso recurro a algo tan sencillo como Ética para Amador con su enorme cantidad de ediciones vendidas en varios idiomas. Lo abro por una página cualquiera y me encuentro al cazador Esaú comiéndose dos platos de lentejas; pero Esaú no anda solo y aparece el ciudadano Kane, el magnate de Orson Welles, alter ego de un editor amarillista e inescrupuloso.

Con Savater nunca sabes dónde va a saltar la liebre. Esaú y Kane se parecen pues ambos privilegian o bien llenarse la barriga o bien llenarse de poder para manejar personas antes que de otras cosas que a la postre podrían haberlos llenado mejor como seres humanos que son.

El ciudadano Kane, dice Savater, se dedicó durante muchos años a vender personas para poder comprarse cosas; al final de su vida cambiaría, si pudiera, su almacén repleto de objetos carísimos por lo único humilde, un trineo viejísimo, que le recuerda a cierta persona: a él mismo antes de dedicarse a la compraventa, cuando prefería amar y ser amado antes que poseer o dominar.

Ante el mal ejemplo de las señoras del CNE, tan abiertamente expuestas en los medios sus propias desvergüenzas, uno, en los medios, debe darle doble cuerda al semáforo para que encienda la luz roja.

Savater, un tipo estimulante y paradójico, conserva sus aficiones un poco infantiles: la hípica, los muñecos plásticos de La guerra de las galaxias , Boris Karloff. Pero su principal afición es pensar. Sabe cómo hacerlo. «El crecer me dio la sensación de que la gente no lo pasa bien porque no piensa bien», le comentó a Molina Foix.

Estoy seguro de que las damas del CNE no lo pasan bien. Se les ve en las caras. Deberían recordar los trineos de su niñez, a ver si recapacitan. Señoras, ¿por qué no leen Ética para Amador y luego renuncian?

 

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