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Cronicario | 14/12/2012
Infierno en la tierra
Sierra Leona es uno de los países más pobres del planeta. Pero esta cárcel de Freetown la habitan los miserables de los miserables. Entre los reclusos se mezclan menores que comparten injusticias, miedo, sarna, falta de agua y comida. Viven el aquí y ahora porque han olvidado su pasado y no son capaces de ver un futuro
JOHN CARLIN
Sierra Leona
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Existen peores maneras de morir. Podía haber muerto desangrado, como murieron miles de personas en Sierra Leona durante la guerra, después de que les cortaran las manos hombres, o niños soldados especialistas, que llevaban a cabo su tarea con el ritmo mecánico de carniceros despedazando piernas de cordero. Pero las circunstancias en las que Steven Lebbise perdió la vida, comunes en África sea en tiempos de paz o de guerra, ya fueron lo suficientemente atroces.

Mi amigo Fernando Moleres, un fotógrafo español, le conoció en la principal cárcel de Freetown, la capital de Sierra Leona, en febrero de este año. Un tribunal había condenado a Steven a tres años por robar dos ovejas. Tenía 17 años y llevaba 18 meses en la cárcel de adultos. Había varios adolescentes más presos, todos ellos los últimos monos a la hora de recibir agua y jabón -artículos de lujo para todos los reclusos y una ración de arroz. La tarea que consumió a Steven al final de su vida era rascarse las heridas de la sarna. Prácticamente todos en la prisión tienen sarna, una enfermedad de la piel contagiosa que florece en las celdas abarrotadas de hombres que yacen, de noche, como merluzas en un pesquero.

Pero nadie estaba peor que Steven, una enciclopedia de infecciones y enfermedades ante las que su cuerpo, privado de vitaminas, ofrecía escasa resistencia. He visto varias fotografías de él. Poseía los ojos vidriosos que se ven en niños desnutridos, o febriles, o abandonados. Steven era las tres cosas. El joven, un ejemplo perfecto de los detritus humanos producidos por una guerra civil que comenzó en 1991 y terminó en 2002, que costó 50.000 vidas y otras tantas violaciones y que expulsó a medio millón de personas de sus hogares, no había recibido ninguna visita en los casi dos años que llevaba encerrado, ya que sus padres habían muerto y el resto de su familia que vivía lejos, en el interior le había olvidado hacía mucho tiempo.

Fernando, que en una vida anterior había sido enfermero, volvió en agosto y se encontró con que Steven había muerto. "Como un perro callejero", dice. Quedaban muchos más perros callejeros donde había estado Steven. El que llamó la atención en esta segunda visita a Fernando fue Abdul Sesay: la misma mirada enferma y vacía; la sarna extendida por todo el cuerpo.

Dijo que tenía 16 años, pero parecía que tenía 12. Él también procedía del campo, y sus padres también habían muerto, su padre en la guerra y su madre de enfermedad. Había vivido solo en las calles de Freetown, la capital, desde los 9 años. Sierra Leona, según pude descubrir cuando viajé allí con Fernando, es un país de Oliver Twists, de huérfanos errantes que se buscan la vida en unas condiciones que Dickens habría podido reconocer en los barrios más siniestros del Londres victoriano. O tal vez no. La capital del imperio mundial del siglo XIX tendría más bullicio y riqueza, más oportunidades para que los desafortunados pudieran construirse una vida que fuera algo más allá de la mera supervivencia animal.

En un libro sobrecogedor llamado Soldiers of light (Soldados de luz) que leí en el vuelo a Freetown, el autor, Daniel Bergner, cita a un veterano funcionario de cooperación del Gobierno británico que dijo que el futuro que preveía para Sierra Leona era "a mitad de camino entre la edad de piedra y el mundo moderno".

Yo había visto también un informe del Departamento de Desarrollo Internacional (DFID) del Reino Unido que explica que Sierra Leona, el antepenúltimo país del índice de desarrollo humano (en el puesto 180 de 182), pese a su gran riqueza natural en diamantes y otros minerales, tiene unos índices de mortalidad neonatal, infantil y materna de los peores del mundo, y un índice de analfabetismo superior al 50%. Otro dato estadístico: el 70% del presupuesto del Estado procede de donantes extranjeros.

Aterricé en el diminuto y caótico aeropuerto internacional de Freetown a las dos de la mañana y descubrí que la forma más rápida de ir a la ciudad no era por carretera, sino por mar. Pronto comprendí por qué. El breve camino hasta el embarcadero fue una carrera de obstáculos para todoterrenos. Con cráteres en los que podía dormir una familia de hipopótamos. Me dijeron que existía una carretera hasta Freetown y que si hubiera estado asfaltada habríamos tardado 20 minutos en llegar. En el estado en que se encontraba, tardaríamos cuatro horas.

Eran ya pasadas las tres cuando salió el ferry hacia la ciudad atravesando la bahía, uno de los pocos puertos naturales de la costa occidental africana, descubierto por los navegantes portugueses que, en el siglo XV, inspirados por lo que les pareció la forma de león de las colinas que veían desde sus barcos, asignaron al país el nombre latino que aún hoy conserva.

En el ferry había alrededor de 20 pasajeros, todos provistos de un chaleco salvavidas de color naranja. Los dueños están haciendo fortuna lo que es una fortuna en Sierra Leona con su monopolio, pero los demás pasajeros y yo coincidimos, mientras surcábamos el mar agitado, en que esa era una buena inversión. También fue buena idea que nos pusieran una película en DVD sobre una gran pantalla situada en la proa. El título de la película, de la que no pudimos ver más que media hora, era 10.000 aC.

El oficial de guardia en la entrada del edificio gris de la prisión, que los habitantes locales llaman Pademba Road (un nombre que en Sierra Leona tiene connotaciones amenazadoras), nos pidió a Fernando y a mí que le entregáramos nuestros teléfonos móviles y nuestro dinero. "Por su seguridad", dijo. Le di el móvil, pero no el montón de billetes que tenía en los bolsillos de mi vaquero. En una pizarra figuraba escrito el número de presos: 1.307. Indicaron a un guardia de uniforme verde que nos acompañara, y también lo hizo el capellán, un señor mayor distinguido. Eran las once de la mañana; teníamos permiso para estar en la cárcel hasta las cuatro.

Nuestro objetivo era dar esquinazo a nuestros acompañantes y entrevistarnos a solas con Abdul Sesay y otros menores internos. Pero antes teníamos que hacer la visita guiada. Abrieron las puertas y entramos en un complejo dominado por cuatro edificios grandes y de baja altura. Los colores visibles oscilaban entre el gris oscuro y el marrón claro: los muros, los tejados de chapa ondulada, los pantalones cortos y las camisas que llevaban los presos (hasta las camisetas del FC Barcelona y el Inter de Milán que llevaban algunos parecían haberse vuelto grisáceas), la piel de los hombres. Cientos de ellos, que daban vueltas en un gran patio, se detuvieron y se agruparon a nuestro alrededor, casi todos con una gran sonrisa. "¡Fernando!", gritó uno. "¡Fernando!", otro. "¡Fernando! ¡Fernando! ¡Fernando Torres!".

Su apellido no es Torres. Ese es el apellido del futbolista español que juega en el Liverpool y a quien todos los presos de Pademba Road (y todos los habitantes de Sierra Leona, según iba a descubrir) conocen y adoran. Pero este otro Fernando, menos famoso en el resto del mundo, era una estrella del rock para los reclusos. Había pasado todo el mes de febrero fotografiándolos, conviviendo con ellos durante el día. Y había vuelto 12 días en agosto. Ellos le querían porque les trataba con respeto y buen humor, y porque -a falta de que lo hicieran las ONG que pululan por Freetown les llevaba medicinas. Fernando se detuvo en el centro del patio y abrió una bolsita que llevaba en el cinturón del vaquero, y la muchedumbre se arremolinó en torno a él. Sacó un tubo de crema y los presos se colocaron para que les pusiera un poco en sus manos. En cuanto la tenían, se bajaban el pantalón corto y se apresuraban a aplicársela en la entrepierna, para calmar el picor.

 A algunos les dio también una pequeña píldora roja, un antídoto contra la sarna. La escena se repitió en todos los rincones de la cárcel a los que fuimos. "¡Fernando! ¡Fernando!", y él se disponía a hacer de Florence Nightingale. Estábamos entre los miserables de los miserables de la tierra, algunos de ellos criminales peligrosos, en un país que durante los años noventa había sido testigo de los actos más brutales de crueldad humana, sin parangón en ningún otro país excepto Ruanda. Sin embargo, en vez de sentir que estaba bajo peligro, lo que percibí en todo momento fue curiosidad y buena voluntad. Los presos venían, uno tras otro, a darme la mano, presentarse y preguntarme mi nombre. Nuestro guardia, que iba sin armas, parecía completamente relajado.

El capellán nos llevó a un oscuro taller en el que los presos aprendían carpintería, tapicería, costura y zapatería. Esparcidos por mesas improvisadas, taburetes y el suelo de cemento, vi martillos, sierras, objetos de metal afilados: suficientes instrumentos letales como para comenzar una pequeña guerra. El capellán no parecía alarmado, ni mucho menos, y expresó su pesar porque a los presos, al quedar en libertad, les resulta prácticamente imposible conseguir esas herramientas, con lo que el oficio que han aprendido en prisión no les sirve de mucho a largo plazo. Sin embargo, el guardia explicó que las chanclas y las prendas de vestir que hacen (un preso me mostró con orgullo un vestido de niña que había hecho en la máquina de coser) se las compran él y otros colegas para venderlas luego en los mercados.

Con ese dinero compran jabón y agua -que llegan en camión a la cárcel, donde se venden por cubos y, si les sobra algo, alguna comida extra. En el patio vi a uno de los afortunados beneficiarios del sistema. Completamente desnudo, observado con envidia por otros presos, estaba enjabonándose el cuerpo de la cabeza a los pies, el rey de Pademba Road. La mejor estación del año, señaló Fernando, es la de las lluvias. Duchas gratis para todos.

Gobernado por un presidente benévolo, bienintencionado y debidamente elegido, llamado Ernest Bai Koroma, cuyo principal objetivo es reconstruir el país tras el caos y la devastación de una guerra que afectó a todos y que todos parecen querer olvidar, la verde y exuberante Sierra Leona parece un lugar tranquilo en el que las tensiones, si es que existen, consisten en las batallas diarias de la gente para salir adelante.

Las únicas rivalidades sociales visibles son las de los equipos europeos de fútbol que cada uno -por motivos misteriosos- decide apoyar. Es difícil encontrar un coche que no lleve una pegatina en la que proclama su fidelidad al Manchester United, o al Arsenal, o al Chelsea, o al Barcelona, o al Real Madrid. Un taxista con el que hablé me dijo que era del Real Madrid, pero que su madre era del Barcelona. "Tenemos grandes peleas sobre ello mi madre y yo", dijo sonriendo.

En Soldiers of light, un oficial del ejército británico se muestra pesimista sobre las posibilidades de que el país cree una sociedad ordenada y funcional "en 300 años", pero luego dice: "Podríamos aprender mucho de ellos. De su bondad". El oficial formó parte de una gran fuerza que Tony Blair envió a Sierra Leona para poner fin a la guerra civil. Uno de los pocos casos de "política exterior ética" en la historia, y salió bien. El comentario del oficial, que deja patente su desesperación por la pobreza, el caos y la corrupción omnipresentes, pone de relieve la esencia del gran misterio de África: la extraordinaria capacidad de bondad que existe al lado de toda esa miseria y esa violencia. Y esa bondad se expresa, sobre todo, en la capacidad de perdón que tiene la gente. El salvajismo también es una constante en el resto de la especie, por ejemplo en Europa durante el siglo XX. Pero los africanos son los únicos que parecen capaces de superar rencores, perdonar y olvidar.

Mientras en los Balcanes, donde todavía recuerdan con amargura batallas libradas en el siglo XIV, o en el País Vasco, o en Irlanda del Norte el revanchismo pugna sin cesar con la necesidad de reconciliación, en África están los ejemplos de Ruanda, donde hutus y tutsis viven en paz tras un genocidio en el que murieron casi un millón de personas, y Sudáfrica, donde la población negra perdonó a los blancos después de haber sufrido siglos de indignidades racistas que rozaban la esclavitud. Una de las explicaciones es que la pobreza obliga a los africanos a ser prácticos. Si lo que está en juego es la supervivencia, uno no puede permitirse el lujo de recrearse en los viejos agravios. Pero otra razón, más profunda, y en cierto modo relacionada con la primera, me la dio un preso insólito en Pademba Road.

Su nombre (también insólito) era Simon Hayman-Goldsmith. Era negro, pero ahí acababa toda semejanza con los demás presos. Británico, chisposo, elocuente, había estado estudiando para obtener un máster en administración de empresas en Inglaterra cuando tuvo la desafortunada idea de ganar un poco de dinero extra transportando cocaína desde Sierra Leona, un puerto de paso para las drogas colombianas destinadas a Europa. Él confirmó que la sensación de seguridad que me había dado la prisión no estaba equivocada. "Nueve guardias sin armas, 1.300 presos y prácticamente ningún problema, prácticamente ningún peligro. ¡África es asombrosa!". Sobre todo porque, como dijo, hay muchos motivos para el resentimiento. Muchos de los presos, me contó, estaban en la cárcel por razones injustas, bien por delitos que no habían cometido, bien porque les habían otorgado condenas desmesuradas, bien porque pasaban mucho tiempo tras las rejas en espera de juicio. "Lo que pasa", explicó Simon Hayman-Goldsmith, para darme su respuesta al enigma africano del perdón, "es que la gente, aquí, vive absolutamente en el presente. Olvidan el pasado, así que olvidan lo que sucedió. Y el futuro también tiene poco significado. Viven aquí y ahora, y nada más".

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