CARACAS, martes 3 de marzo, 2015
Facebook Twitter RSS
Temas del día
Cronicario | 25/06/2014
La miliciana
Los sufrimientos del pasado pueden hallar caprichosas y crueles formas de reaparecer en el presente: un hospital remite a una cárcel, una enfermera a una vigilante; el lugar común es el miedo
ORLANDO GONZÁLEZ ESTEVA / El Malpensante
Cárcel
3 0a

Un derrame cerebral devastó a mi madre, arrojándola a un hospital del sur de Florida y a un centro de rehabilitación varios días después. Llegó de noche, en camilla, con la pierna y el brazo izquierdos inútiles y adoloridos, el campo visual recortado, los nervios deshechos y el habla enredada.

Las autoridades del centro no faltaron al protocolo: era imperativo someterla a una evaluación física para precisar su estado y, quizás, registrar cualquier magulladura o herida por las cuales la familia pudiera luego hacer reclamos a la institución.

Aunque el reconocimiento se condujo en presencia de mi cuñada, a quien tanto quería, y la enfermera escogida para evaluarla fue respetuosa, se sintió abrumada por esa vulneración de su privacidad, la extrañeza del sitio, el nuevo estilo de vida y la heterogeneidad del equipo médico que a partir de entonces se ocupó de ella.

Eran ojos, voces y manos extrañas, aunque femeninas, escudriñándola, interrogándola, tanteándola, volviéndola de un lado al otro, tomándole la presión, inspeccionando cuánto alimento ingería, medicándola, instándola a sobreponerse al sufrimiento y a ejercitar las extremidades dañadas, pero con tanta y tan reglamentaria insistencia, que sobrevivía extenuada. No se violó ningún derecho: se honró a pie juntillas una formalidad y se recurrió al tratamiento adecuado para propiciar una recuperación, pero mi madre estaba rota.

No hubo un solo trastorno de orden emocional relacionado con una apoplejía que no pareciera ensañarse con ella: ansiedad, apatía, psicosis, desesperanza, insomnio y, sobre todo, miedo, un miedo que fue filtrándolo todo –la tarde, la madrugada, los alrededores del lecho, los traslados a la silla de ruedas, los viajes al consultorio de los especialistas, las sesiones de terapia–, que acabó explayándose en una serie de imágenes a las que solo ella era sensible y que nos hicieron temer por su cordura. El diagnóstico fue tan puntual como tranquilizador: “No está loca. Es el síndrome de Charles Bonnet”.

El síndrome, identificado en el siglo xviii por el naturalista y filósofo suizo que le dio nombre, radica en la propensión del cerebro a compensar, con independencia absoluta de la voluntad de la persona cuya visión sufre merma, la escasez de imágenes procedentes del exterior, y compensarla recurriendo a la memoria, al presentar como periféricas algunas de las imágenes archivadas en esta.

La persona goza de buena salud mental pero no puede evitar los brotes de alucinaciones: el pasado da fe de vida de una manera tan avasalladora como el presente; lo que fue vuelve a ser; quien no está ahí, está, aunque la víctima del síndrome lo sepa distante o muerto. William James, psicólogo estadounidense, advirtió a finales del siglo xix que mucho de lo que percibimos no es obsequio de nuestros sentidos sino de nuestra mente. Este era el caso.

Los temores de mi madre no disminuyeron. Veía pájaros negros que invadían la habitación y fijaban su mirada en ella, amenazantes; hombres ocultos detrás de los árboles que crecían cerca de la ventana y, finalmente, una mujer que le infundía terror y a la que solo se atrevía a referirse en voz baja, entre dientes, recelosa de que anduviera cerca o de que nosotros, incrédulos, desestimáramos su zozobra. Solo al cabo de varios días se arriesgó a revelar su identidad, con un hilo de voz y luego de asegurarse de que la susodicha no rondaba: “Es la miliciana”, dijo. ¿Qué miliciana? “La de la cárcel”. ¿La de qué cárcel? “La de Boniato”. ¿La de Boniato? “La que nos obligaba a mami y a mí a quitarnos la ropa y nos registraba cuando íbamos a ver a tu abuelo”.

Los ultrajes sufridos por los familiares de los presos políticos que visitaban la Cárcel de Boniato no excluían, en el caso de las mujeres, el verse forzadas a desnudarse, el cacheo de las gendarmes, el comentario soez o burlón en torno a su aspecto físico y, en ocasiones, la vergüenza de verse apremiadas a arrancarse la toalla sanitaria para que no cupiera duda de que no había objeto prohibido debajo de ella, aunque el verdadero propósito de la infamia era divertir a la chusma vestida de verde olivo.

De nada sirvió que tratáramos de convencer a mi madre de que esa mujer no podía estar allí, en una instalación médica de Estados Unidos, aguardando la primera oportunidad para humillarla; de nada, tratar de convencerla de que esa mujer no podía haber sido la misma que la examinó a su llegada al centro, de que esa mujer era solo un recuerdo de sus visitas a aquella prisión donde mi abuelo había pasado años por conspirar contra un gobierno que él mismo, antagonista acérrimo del gobierno anterior, había contribuido a instaurar y había decidido combatir apenas instaurado. De nada sirvió que le recordáramos a mi madre que su última visita a la Cárcel de Boniato había tenido lugar hacía más de cuatro décadas y era imposible que aquella esbirra figurara entre el grupo de enfermeras que ahora la atendían: había vuelto a verla y presentía que en cualquier momento, aprovechando una de nuestras ausencias y su invalidez, volvería a personarse y a infligirle una nueva vejación. El pasado abolía, consumiéndolo, el presente.

Recordé unas palabras de Herta Müller, la escritora rumana galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2009, cuya madre fue deportada a la Unión Soviética y confinada a un campo de trabajo forzado, y a quien la renuencia a colaborar con la policía secreta de su país le valió el desempleo; la publicación de su primer libro, la censura, y la del segundo, publicado en el extranjero, el rechazo de las editoriales y los medios de prensa de su país. La represión sufrida durante el régimen comunista de Nicolae Ceau?escu, el deterioro de las relaciones humanas y la degradación paulatina de todo lo que ese régimen tocó signan su obra:

En realidad no alcancé a comprender los daños que sufrían aquellos, mis familiares, hasta que no me vi, yo misma, en una situación desesperada. Fue entonces cuando realmente tomé conciencia de que una herida demasiado profunda deja los nervios destrozados para siempre. Que las consecuencias de tener los nervios destrozados se manifiestan después. Es más, que esas consecuencias abarcan épocas anteriores.

Mi madre falleció el 30 de mayo de 2012. No hay consuelo. O lo hay, mínimo: saber que donde ella está no volverá a encontrarse con aquella mujer, no hay lugar para aquella mujer.

Notas anteriores en Cronicario
mineros chilenos
02/03/2015
Una vez a la semana
Es una alegre coincidencia que Stewart Brand pronunciara la frase Information wants to be free en 1984. No solo por ser el año que da título a la distópica obra de George Orwell que promueve la idea contraria, sino por haberse posicionado en los meandros de la historia como una profecía de las comunicaciones
mineros chilenos
23/02/2015
La sierpe
El venezolano ve pasar horas y horas de su vida en una cola desde tempranas horas de la madrugada o bajo un sol inclemente, a veces hasta el mediodía del domingo, un día que debería ser de sagrada dedicación al descanso y a la familia. Hasta eso tan preciado nos han arrebatado. Algunas necesidades son postergables, pero no la compra de los alimentos. Con el agravante de que la venta de los víveres ya está también bajo el síndrome del Dakazo o de los anaqueles vacíos
mineros chilenos
16/02/2015
Naghma, un mundo cruel
Sus grandes ojos cafés observan un lugar desconocido, de hecho, Naghma nunca ha ido a la escuela mucho menos a una como esta, la niña de siete años lleva puesta una pañoleta azul y un vestido rojo raído que le recuerda que un hombre desconocido la salvó de casarse con un joven de 19 años
mineros chilenos
10/02/2015
Un pasillo, un país
Zapata ha fallecido y me vino a la mente el cuarteto de caricaturas de mi madre. Todas las risas y reflexiones que me sacó con su trabajo en El Nacional.
mineros chilenos
09/02/2015
Cinco sótanos contra el sol
Publicado este domingo en El Nacional, esta crónica sobre la desdichada "tumba" del Sebin, adquiere la fuerza de un testimonio y de una denuncia que reproducimos en esta sección para exponer las miserias de una revolución basada en el miedo y la tortura
mineros chilenos
02/02/2015
NARCOGOBERNANTES
El gobernador, temido por unos e idolatrado por otros, amasó, según fuentes de la DEA, más de 100 millones de dólares. Su hijo Carlos Villanueva, actual presidente municipal de Othón P. Blanco, asegura que esa fortuna es producto de inversiones y negocios limpios de su padre
mineros chilenos
30/01/2015
Golpe de biela
Si tampoco mencionó el Golpe de Timón es porque el Ejecutivo padece más bien de un golpe de biela, esa barra, que según mis viejas revistas de Mecánica Popular, sirve para transformar el movimiento de vaivén en otro de rotación. Será por eso que en esta etapa el gobierno va como dice el merengue, meneando la cadera, meneando la cadera...
 
Tu Comentario
Para participar, necesitas ser usuario registrado en TalCual. Si no lo eres, Regístrate Aquí
Correo Clave
Caracteres restantes: 280
Las opiniones aquí emitidas no reflejan la posición de TalCual.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas en este espacio.

TalCual se reserva el derecho de no publicar los comentarios que utilicen un lenguaje no apropieado y/o que vayan en contra de las leyes venezolanas y las buenas costumbres.

Los mensajes aparecerán publicados en unos minutos.
Destacadas