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La Nación | 04/12/2012 | 1 Comentarios
Amargo testimonio
El libro "Afiuni, la presa del Comandante" ha estado en el ojo del huracán, luego de sus confesiones donde revela que fue agredida sexualmente, una situación que intentó evitar a toda costa por tanto tiempo
FREDDY NÚÑEZ
Afiuni
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Hay libros que definen una época. Sobre Chávez y su régimen se ha escrito una infinidad en estos 14 años, pero quizá el de Francisco Olivares, Afiuni, la presa del Comandante, constituya la mejor guía para entender, más allá de cualquier teoría o trampa ideológica, su verdadera naturaleza.

Es imposible leerlo sin experimentar nausea, vergüenza. Pareciera una narración de hechos absurdos, de situaciones imposibles, como si se tratara del guión cinematográfico de una película de terror sobre un país donde la brutalidad y la sevicia de quienes lo dirigen han sustituido cualquier principio de humanidad, de justicia, de legalidad.

Es una investigación donde se entremezclan y convergen todas las lacras que acompañan al sistema judicial venezolano, puesto al servicio del deseo de venganza, de los odios privados de quien ejerce el poder de manera omnímoda.

En el libro esta descrito todo el proceso que conlleva a la detención de Eligio Cedeño, de Arráiz, de la jueza Afiuni. Ni siquiera se trata de seguir pistas enrevesadas, o de caer en las redes de la hermenéutica jurídica. Se trata de burdas y descaradas violaciones a todos los instrumentos jurídicos del país y de convenios internacionales, adelantadas sin cuidar siquiera las formas, sin disimulo alguno, hechas con premeditación y alevosía.

El libro describe el inframundo de la cárcel de mujeres, el INOF, en la cual no se habrían escatimado escarnios monstruosos contra Afiuni. Ya no importa lo que hayan hecho Cedeño, Arráiz o Afiuni, cuando lo que importa es defender como una de las grandes conquistas de la civilización, el derecho de cada ciudadano a un juicio justo. En este caso ha habido una verdadera cayapa de todos los poderes e instituciones del Estado, para no solo condenar a priori, sino para someter a María Lourdes Afiuni a las vesanias y maltratos que reservan las dictaduras de cualquier signo a los ciudadanos que les molestan o perturban.

El libro tiene nombres y apellidos que la historia del país recordará, no solo están aquellos para quienes los seres humanos son simples mercancía de uso, de intercambio, que pueden utilizar para alcanzar prebendas del poder, esos que no tienen sentido de la misericordia, del respeto a los derechos humanos; también hay algunos, muy pocos, que son ejemplo de dignidad y se negaron a participar en actos claramente criminales. Este libro hay que leerlo. Si alguien cree todavía, de buena fe, que quienes gobiernan están inspirados por elevados valores espirituales o políticos, se topara con una realidad que no lo dejará indiferente.

 
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