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Opinión | 27/11/2012
Señales en el laberinto
Precisemos, ahora, que jamás las revoluciones han sido precedidas de confusión alguna. Se hacen y sólo después puede surgir la confusión sobre las razones, las causas, los fundamentos que las hicieron posibles
OSWALDO BARRETO
Chávez
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Hemos hablado en la primera parte de estas Coordenadas de la gran transformación o revolución que Chávez prepararía ­según sus propias declaraciones­, para realizar la "construcción del socialismo" en Venezuela sirviéndose de las comunas como del instrumento idóneo, como de la creación de una situación confusa. La creación de un "laberinto" del cual convendría indicar algunas señales para salir de él.

Precisemos, ahora, que jamás las revoluciones han sido precedidas de confusión alguna. Se hacen y sólo después puede surgir la confusión sobre las razones, las causas, los fundamentos que las hicieron posibles. Pero aquí, como todos sabemos, "la carreta va delante de los bueyes": antes de hacer la revolución se nos quiere obligar a que conozcamos ­y aceptemos­ que hay razones inexorables, ineludibles, para hacer comenzar desde ahorita mismo la revolución socialista.

LOS ORÍGENES DE LAS REVOLUCIONES
Nadie duda que haya habido revoluciones en el mundo, entendiendo por tal fenómeno lo que sucedió en Francia desde 1789: un período de luchas de todo orden: enfrentamientos armados, debates académicos, científicos, populares, familiares, para llevar a todos los habitantes de una nación a vivir de manera radicalmente diferente a cómo habían vivido hasta entonces.

Eso comenzó, dicen los manuales de historia, días, semanas o meses de ese año y todavía se discute sobre las razones, causas y motivos de eso, que fue un verdadero cataclismo social. ¿De qué no se ha hablado como causas de esa primera gran revolución? La gran desigualdad social, las prédicas inteligentes y fáciles de comprender de los grandes intelectuales del país que clamaban por cambiar ese mundo que se hallaba en plena decadencia, la pobreza creciente y el endeudamiento de toda la nación.

De todo eso se ha hablado y también de muchas otras cosas que non tan evidentes: había quienes pensaban ­y hay todavía quienes piensan­ que eso estaba inscrito en la voluntad de lo dioses o, como sostenían los seguidores de Copérnico, en la necesaria repercusión de la marcha de los astros en el comportamiento de los pobladores de la tierra.

Pero después de esta revolución, aparecieron pensadores que trataron de ver las revoluciones como los científicos ven cualquier fenómeno, que se dé en el macro o en el microcosmos: y entre esos pensadores, nadie ha tenido la fortuna de ser tomado tan en serio como Marx. Marx, en efecto, se atrevió a decir, cuándo y dónde podía darse una revolución y qué posibilidades tenía una revolución de durar.

Y sólo después que Marx expuso sus teorías y las perfeccionó con lo que las revoluciones que había vivido personalmente le enseñaron, es que en torno a la revolución surgió la confusión. Cosa que duró apenas unos años, pues ya desde 1913, 30 años después de su muerte, Lenin impuso entre todos los revolucionarios europeos la idea de que seguir al marxismo era el camino seguro para hacer una revolución, pues "la doctrina de Marx, visión coherente de todas las cosas de este mundo, se inscribe contra toda superstición, contra toda reacción, contra toda defensa de la explotación burguesa, representaba la herencia de lo mejor que se había elaborado en el mundo (es decir, en Europa, para la gente de aquel mundo): la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés.

Y, sin embargo, a pesar de tan científica receta, las revoluciones que vinieron luego, las que hicieron del siglo XX "el siglo de las revoluciones", se hicieron sin tomar en cuenta receta alguna. La revolución mexicana, la rusa, la húngara, la revolución o guerra de liberación china y la de Vietnam, la revolución cubana o la misma revolución iraní, la del Salvador, etc., etc. antes que la ejecución de cualquier receta, fueron el resultado de lo que Mao Tse Dong llamaría "el derecho de los pueblos a rebelarse" .

Pero cada una de esas revoluciones, una vez en marcha, ha tratado de hablar de las causas, las razones, los motivos que la hicieron posible. Y en eso andan todavía sus actores o sus herederos. Sobre cualquiera de ellas se han escrito folletos, libros o tratados. Y se habla en todas de causas históricas, tanto objetivas como subjetivas: desigualdades monstruosas en la vida que llevaban las distintas clases y en la forma como estas repercutían en los líderes políticos; influencia de esta o aquella teoría política, deseos de construir este o aquel sistema político. Y se habla, sobre todo, de las posibilidades de lograr un nuevo modo de vida, una nueva forma de producir partiendo de los recursos que se tienen.

EL CHAVISMO COMO UNA HISTÓRICA EXCEPCIÓN
Veremos en la última parte de estas Coordenadas que el chavismo como proyecto de revolución representa una excepción total. Una excepción que llevaría a dejar de lado toda esperanza de que se convierta tal proyecto en un programa de gobierno, de no ser por los recursos políticos y económicos con que cuenta el gobierno.

Como no se trata aquí de una revolución ya realizada, sino de una revolución que se pretende hacer, no por ninguna de las causas, motivos o u otras razones que han hecho posibles las otras revoluciones. Como no se trata tampoco de un mero proyecto teórico, sino de un plan que se piensa ejecutar "a como dé lugar", veremos que se trata más de una excepción, de lo que pueda ser una gran tragedia para nuestro pueblo.

 
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