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Cronicario | 26/11/2012
El amo de la frontera
El Gigante lleva años incordiando y, a veces, dando sustos a las autoridades españolas. Cuando no organiza la lapidación de la policía española impide el paso de camiones a Melilla, como sucedió en el 2010, con frutas, hortalizas y pescado. La ciudad quedó entonces desabastecida
IGNACIO CEMBRERO
Said Chramti
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Los policías españoles destinados en la frontera de Melilla respiran aliviados. Ya no verán, al menos durante un tiempo, a El Gigante burlarse de ellos desde la llamada tierra de nadie, ese espacio que separa los puestos de control español y marroquí. El Grandullón ya no incitará a los jóvenes que por allí deambulan a lanzar piedras sobre los agentes españoles obligándoles, a veces, a cerrar la frontera internacional de Beni Enzar durante unos minutos o unas horas.

Said Chramti, marroquí de 36 años, apodado El Gigante o El Grandullón porque mide cerca de dos metros, fue detenido el pasado lunes por la Policía Judicial por orden de la Fiscalía de Nador, la ciudad vecina de Melilla. Tras pasar 24 horas en los calabozos de la comisaría fue puesto en libertad, pero imputado por manifestación no autorizada, desobediencia a la autoridad e injurias a funcionario en el ejercicio de sus funciones, según su abogado Abdelmoneim Fettahi. Curiosamente, la prensa oficial marroquí ha ignorado su detención.

Su última empresa antes de ser detenido consistió en asestar, por primera vez, un golpe dentro de Melilla. Envió a sus adictos al casco antiguo, en la madrugada del viernes 16 de noviembre, a amputar con una segueta el brazo derecho, la mano y la espada de la estatua de Pedro de Estopiñán, el conquistador de la ciudad en 1497. A continuación, reivindicó el acto vandálico enviando fotos del brazo a la prensa, pero después se desdijo.

Chramti, que tantas veces ha llamado y escrito a la prensa española para anunciarle sus hazañas contra el “colonialismo español”, guarda silencio desde su imputación. Su móvil está apagado. En la ciudad autónoma española, en cambio, todos aplauden públicamente, empezando por el presidente Juan José Imbroda, la imputación del que es también vicepresidente del Comité para la Liberación de Ceuta y Melilla. Los abogados del Ayuntamiento melillense preparan incluso una denuncia contra algunos de los secuaces del activista.

A todos esos melillenses les gustaría que Chramti pasase una temporada detrás de los barrotes. Ya tiene experiencia carcelaria. Acumula tres condenas en Marruecos, con un total de 37 meses, por fomentar la emigración clandestina, carecer de DNI, ocultar objetos robados etcétera.

El Gigante lleva años incordiando y, a veces, dando sustos a las autoridades españolas. Cuando no organiza la lapidación de la policía española —la última vez el 14 de noviembre— impide el paso de camiones a Melilla, como sucedió en el verano de 2010, con frutas, hortalizas y pescado. La ciudad quedó entonces desabastecida.

Su mayor gesta la perpetró el 18 de septiembre de 2008. Ese día el teniente coronel de la Guardia Civil de Melilla, el jefe superior de Policía, el delegado de Hacienda y tres colaboradores suyos regresaban a pie a Melilla, vestidos de paisano, tras mantener una reunión de trabajo con sus homólogos marroquíes en el edificio de la Aduana, a menos de 300 metros de la frontera.

Chramti, que como de costumbre merodeaba por allí, les reconoció, empezó a increparles hasta que más de un centenar de personas se unieron a él y acorralaron a la delegación española, que corrió a refugiarse en una peluquería, cuyo dueño cerró la puerta. En la huida el inspector jefe de la frontera, Vicente Goya, fue golpeado y permaneció varios meses de baja. La policía marroquí acudió después a rescatarles en el establecimiento en el que se habían refugiado.

Los seis funcionarios españoles pusieron una denuncia contra Chramti, sobre el que ya pende una condena a 18 meses en Melilla, en un juzgado de instrucción de Madrid. Marruecos no extradita a sus ciudadanos, pero sí accedió a juzgarle en Nador, en febrero, en virtud del convenio bilateral de asistencia judicial penal. Curiosamente, los integrantes de la delegación se retractaron a principios de este año. Chramti no será ya juzgado por aquella agresión que él describe ante la prensa como una mera “corrección”.

Desde las elecciones municipales marroquíes de 2009, Chramti se ha colocado bajo la tutela política de Yahya Yahya, el nuevo alcalde de Beni Enzar, la localidad fronteriza de Melilla, que también preside el Comité para la Liberación de Ceuta y Melilla. Yahya, de 45 años, fue condenado a 15 meses en Melilla, en julio de 2008, por resistencia a la autoridad cuando la policía acudió a su casa respondiendo a una llamada de los vecinos que oían gritos de su mujer, que acabó lesionada. Fue absuelto, en cambio, del delito de violencia machista.

Yahya se trasladó entonces a vivir del otro lado de la frontera, pero no cambió su forma de actuar. De vacaciones en Roma mantuvo, el 4 de agosto de 2008, una violenta discusión con su esposa en un restaurante y, al salir a la calle, “agredió sexualmente” a una turista, según la agencia de prensa italiana ANSA. Cuando los carabineros se presentaron en su hotel para detenerle, se enfrentó con ellos a puñetazos. Fue condenado a 30 meses de cárcel por “rebeldía y lesiones” a funcionario y por violencia de género. Marruecos retiró a su embajador de Roma para protestar porque Yahya es senador. Es incluso el copresidente del grupo parlamentario de amistad hispano-marroquí.

Asociado ahora con Yahya, Chramti ha ampliado su radio de acción. En agosto reivindicó la incursión de media docena de activistas en el peñón español de Vélez de la Gomera y el 3 de octubre, coincidiendo con la cumbre hispano-marroquí de Rabat, intentó hacer otro tanto en el peñón de Alhucemas. La gendarmería se lo impidió. Sí logró, en cambio, ese día que dos de sus secuaces alcanzasen en una lancha las islas Chafarinas, donde plantaron brevemente una bandera marroquí.

 

Aunque les pese a los españoles, Chramti goza de cierto apoyo popular. Prueba de ello son las decenas de seguidores que le abrazaban el martes a la salida de la comisaría. Entre ellos estaba Yahya, que para protestar llegó a cerrar su Ayuntamiento. Las denuncias de El Gigante sobre la “arbitrariedad” de la policía española que impide, algunas tardes, la entrada de los jóvenes de Nador en Melilla o estampa un sello de “anulado” en pasaportes marroquíes, etcétera, no caen en saco roto.

Pero esa simpatía popular no explica el origen de sus fondos para comprar cientos de banderas marroquíes, que distribuye a los que se concentran en la frontera y la bloquean, o para trasladar a gentes humildes en taxis y autobuses hasta Alhucemas, a 90 kilómetros de Nador, donde debían manifestarse el 3 de octubre. No hubo manifestación y, aparentemente, Chramti no pagó, sus diez o doce euros la jornada, a los que transportó hasta allí. Una mujer quincuagenaria se queja amargamente de ello en un vídeo grabado ante la playa de Alhucemas.

Hasta ahora, Chramti no ha tenido que rendir cuentas por los altercados que provocó en la frontera durante años. Tenía además una excelente relación con las fuerzas de seguridad allí desplegadas. Guiado por él, este corresponsal hizo, en 2008, un minucioso recorrido del lado marroquí de la frontera de Melilla que le hubiese sido imposible efectuar incluso con permisos oficiales. Por aquellas fechas una periodista francesa se saltó, por error, un control de carretera de la gendarmería y, gracias a la intervención de Chramti, no fue sancionada. ¿Para quién trabajaba entonces El Grandullón?

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