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Otra mirada | 21/11/2012
Tentación constitucional
¿Qué vaina es esa de apelar al poder constituyente cada vez que la norma constitucional aprieta? Creo que se incurrió en el pecado original de borrar al otro, de tornarlo invisible, de acallar su voz
Asamblea Nacional
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I Se nos plantea, como quien no quiere la cosa, tratando de hacer el menor ruido posible, un nuevo debate constitucional. Al parecer esa mixtura de tendencias y corrientes que se dejó correr en nuestra Constitución se le hace incómoda a la Revolución.

En nuestra Carta Magna no solo encontramos los elementos tradicionales del Estado-Nacional Burgués con su división de los poderes, con su estructura federal, con unos sistemas de protección ajustados a las exigencias del Estado de Derecho; sino que, además, nos encontramos con conceptos liberales tales como: Derecho a la propiedad, autonomía universitaria, libertad de expresión, libertades económicas, largo etc.

Uno entiende que ante esa masa inmensa de garantías que se despliega a lo largo del texto constitucional, algunos sientan la angustia de proponernos un proyecto de sociedad que no tiene soporte en nuestro marco jurídico constitucional.

No se puede imponer un Estado Comunal (lo que sea que eso signifique: nótese que la experiencia comunal que es profundamente medieval contradice la lógica de funcionamiento del moderno Estado Nacional).

Ahora hay quien se llena la boca diciendo que se ha convocado a una gran participación de los ciudadanos y que ya hay gente que anda por allí, por esos caminos de Dios recogiendo opiniones y puntos de vista. Es fácil justificarlo todo cuando se está en el poder.

Uno percibe, por su parte, que no se ha convocado a las fuerzas vivas; más aún, ¿quién coño le ha dado a este gobierno un mandato que justifique una convocatoria de carácter constitucional? La sola mención del asunto muestra el carácter desvergonzado de algunos personeros. Ojo, yo no estoy diciendo que no haga falta un cambio constitucional.

Creo que nuestro proceso constituyente se hizo de manera apresurada, que no contó con una convocatoria lo suficientemente amplia como para incorporar una representación amplia de los intereses diversos que se manifestaban en el ámbito público venezolano de la época.

Creo que se incurrió en el pecado original de borrar al otro, de tornarlo invisible, de acallar su voz. Como diría el poeta, "de aquellos polvos tenemos estos lodos". ¿Es que acaso no llama la atención la lógica polarizada con la que vivimos, las dificultades que tenemos para sentarnos en la misma mesa y escucharnos de manera respetuosa? El drama que se presentó la semana pasada con motivo de una reunión de escritores que se llevó a cabo en la Escuela de Letras y que reunió a escritores chavistas y opositores (qué mala manera de ponerlo) es simplemente vergonzoso.

Ahora resulta que la gente no puede reunirse a conversar sobre literatura sin que el simple hecho de sentarse juntos en una mesa sea motivo de escándalo. Uno tendría que preguntarse: ¿Cuáles son las opciones? ¿Hay gente dispuesta a caerse a tiros? Yo creo en el diálogo desde la dignidad y desde las diferencias.

Nada hay de pecaminoso en sentarse a discutir sobre cualquier asunto con venezolanos de cualquier tendencia y desde el dialogo exigir todo aquello que deba ser exigido. Jugar suma cero es demasiado costoso, es el último recurso. Tendríamos que decidir si ya no tenemos nada que decirnos y, de esa manera, contribuir a profundizar la polarización.

II Volvamos al tema. Un cambio constitucional representa un momento contractual, se trata de una coyuntura que puede cambiar la esencia del Sistema Político, de los mecanismos de protección de los Derechos Individuales y de los sistemas de incentivos que favorecen o dificultan el comportamiento cooperativo.

Es obvio que el entramado normativo debe cambiar cuando no responde a las aspiraciones de las grandes mayorías, cuando dificulta la convivencia colectiva, o cuando genera resultados que sean evidentemente injustos. Esto no quiere decir que sea necesario garantizar los derechos de las minorías y la protección de quienes no pertenecen a la nomenclatura en el poder.

Los venezolanos hemos vivido en los últimos años sometidos a grandes contradicciones, las mismas son el resultado de la ausencia de diálogo entre quienes se creen los salvadores de esta borrachera republicana en la que vivimos y quienes esperamos, exigimos, solicitamos ser escuchados.

¿Qué vaina es esa de apelar al poder constituyente cada vez que la norma constitucional aprieta? Yo nací en este país, soy venezolano, tanto como cualquiera, no recibo sueldos del exterior, lo menos que puedo esperar es que se me trate de manera respetuosa y se escuche mi voz cuando tenga cosas que decir con relación al devenir del país donde vivo, donde crío a mi hijo, donde intento ser feliz. Es una lástima que el Poder tenga esa tentación de atropellar a quienes pensamos diferente. Se trata de la tentación de quedarse con todo, de arrebatar a lo loco. Tentaciones, tentaciones.

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