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Reportaje | 19/11/2012
Guerra de nervios
Mientras se conversa la paz entre las Farc y el Gobierno colombiano, la población de Toribío, blanco frecuente de los hostigamientos de las Farc, no está convencida de que logre un acuerdo
Farc
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 "Cuidado, hay un francotirador en el cerro", grita un policía. Una breve detonación y la bala se incrusta en su bunker, cerca de la escuela del pueblo. En las montañas de Colombia, la guerra de nervios se encuentra en pleno auge, mientras en Cuba se negocia la paz.

Ubicado en el departamento de Cauca, en el suroeste de Colombia, el pueblo de Toribío, rodeado por la cordillera de los Andes, es un terreno ideal para los fusiles de la guerrilla Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc).

Tras casi medio siglo de conflicto armado, las conversaciones instaladas en Noruega y que prosiguen desde este lunes en La Habana no convencen a la población de la zona, blanco frecuente de los hostigamientos.

"Cuando oyen los disparos, los niños se ponen a gritar, a llorar, y se esconden bajo la cama", refiere a la AFP Sandra Muñoz, una comerciante de 38 años cuyo padre murió el año pasado por la explosión de un autobús.

Esta pequeña mujer morena ha colocado el cartel "Se vende" en la pared de su casa, que muestra varios impactos de bala. "Ese proceso de paz no cambió nada. Es una guerra psicológica siempre. Incluso cuando no pasa nada, tenemos el temor de que ocurriera algo", dice.

Con unos 9.200 guerrilleros, las Farc, surgidas hace 48 años de una rebelión campesina, defienden encarnizadamente este corredor, estratégico para la salida de las drogas, rodeado de cultivos de marihuana y coca en las montañas adyacentes.

La estación de policía, ubicada en pleno centro de Toribío, es el principal objetivo de los guerrilleros, para desesperación de sus habitantes. "Uno no puede trabajar, ni siquiera nos atrevemos a ir a la huerta", lamenta Leticia Reda. "Gran manipulación" Esta abuela de 58 años, que atiende una farmacia en su propia casa, ha renunciado ya a reparar los daños causados por balas y explosiones.

"La fuerzas armadas deberían irse, es porque están acá que tenemos esos hostigamientos", asegura. Pero del otro lado, los militares defienden su presencia en el lugar. "Mis soldados respetan los derechos humanos. Están tan bien entrenados que cuando disparan siempre dan con un guerrillero, nunca con un civil", afirma el coronel Efraín Ruano, comandante del batallón regional de alta montaña.

En julio pasado, tras una fuerte ofensiva de las FARC sobre Toribío, la comunidad indígena desalojó a los militares de la zona en demanda de que sus territorios sean respetados como áreas fuera del conflicto. Sin embargo, los militares regresaron poco después.

Según los agentes de la fuerza pública, muchos campesinos cocaleros protegen a la guerrilla en esta zona.

"A veces son guerrilleros, pero vestidos de civil, que vienen a poner explosivos y los activan con teléfonos móviles. Qué increíble que negociemos con esos terroristas de las FARC. Desde que hubo este proceso, es dos veces peor", enfatiza un agente de policía.

A lo largo de las carreteras del valle del Cauca, las banderas de las FARC se alternan con cárteles del Ejército que llaman a la desmovilización. "Salven sus vidas. Colombia les tiende las manos. Abandonen la lucha armada", dicen las pancartas.

La presencia de tanquetas en los pueblos no logra el consenso de los pobladores. "¡Que se vayan! Con ellos aquí nos pueden tumbar la casa", exclama una agricultora de 22 años, al ver un vehículo blindado militar frente a su finca en Huaso.

Pero la mayoría teme a ambos bandos, como en Suárez, donde una bomba atribuida a las Farc dejó más de 20 personas heridas y unas 60 casas destruidas a principios de noviembre.

"Esas negociaciones no tienen sentido si no hay desarme. Es una gran manipulación", concluye Rosa Sandoval, de 52 años, en medio de los escombros de un apartamento arrasado por la conflagración.

 

 
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