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Cronicario | 13/11/2012
Un país narcotizado
Un tercio de la superficie cultivable de Yemen se dedica al cultivo del qat, una droga euforizante que consume la mayor parte de la población, poco sensible a las campañas para su erradicación
ÁNGELES ESPINOSA / El País (Madrid)
Cultivo de Qat
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Incluso cuando no se ve, forma parte de la postal de Yemen. El abultamiento que se aprecia en el rostro del yemení es tan típico como la daga que pende de su cinturón o la túnica con americana que constituye su traje nacional. Resulta de mascar qat, cuyas hojas se acumulan en la boca hasta formar un amasijo que llega a alcanzar el tamaño de una pelota de tenis.

Pero en los actuales tiempos de cambio que vive el país, el qat vuelve a ser objeto de debate. Un grupo de jóvenes educados y liberales ha lanzado una campaña contra su consumo. De momento, los enormes costes sociales y económicos no parecen ser suficientes para acabar con un hábito centenario y que constituye el único pasatiempo para la mayoría de los yemeníes.

“Es como vuestra costumbre de tomar vinos o cerveza, una forma de socializarnos y relacionarnos”, suele explicar Jaled al Osta, un yemení conocedor de España. “Nosotros no podemos beber, así que nos reunimos a mascar qat”. Aunque la planta, de nombre científico catha edulis, también crece al otro lado del estrecho de Mandeb, en el Cuerno de África, solo en Yemen se ha convertido en un modo de vida.

El qat marca el ritmo cotidiano, e incluso del tráfico. A partir de mediodía, oficinas y tajos se vacían porque los trabajadores salen disparados en busca de su bolsa de qat. En las ciudades, ese afán produce atascos monumentales.

Tras un rápido almuerzo, compañeros de trabajo, amigos o vecinos se reúnen a mascar las preciadas hojas hasta bien entrada la noche. Si uno acude a una tienda, encuentra al encargado rumiando el amasijo, siempre con una botella de agua a mano. Lo mismo el taxista, el policía de tráfico e, incluso, el soldado que monta guardia ante un edificio oficial o instalación estratégica.

“Es la puerta para sumergirse en Yemen”, explica en un correo Fernando Carvajal, un estadounidense que llegó a Yemen en el año 2000 y que hoy dirige la agencia Felix News. “Una invitación para unirse a una sesión de qat es una de las demostraciones más claras de aceptación y confianza”, resume.

Se trata de una costumbre que trasciende barreras sociales, políticas y de clase. Los más acomodados compran las hojas más tiernas y frescas; también invitan a aquellos a los que quieren agasajar. Durante las sesiones de qat se pactan bodas, se firman contratos e incluso se adoptan acuerdos de Gobierno. Se estima que entre el 80% y el 90% de los hombres yemeníes lo mascan con regularidad.

Hasta hace poco era una actividad eminentemente masculina, pero en los últimos años también se ha generalizado entre las mujeres. Tal vez eso haya influido en que algunos niños empiecen antes de cumplir 10 años.

“Los hombres compran qat sin importarles su precio y hacen todo lo posible para obtenerlo, pero no despliegan el mismo esfuerzo para la educación o la salud de sus hijos”, denuncia Hind al Eryani, el alma mater de la última campaña contra su consumo.

¿Qué lo hace tan atractivo? La savia de sus hojas contiene catinona, una anfetamina natural que induce a un estado de euforia y bienestar, y hace sentirse más despierto. Pero desde 1980, la Organización Mundial de la Salud clasifica el qat como una “droga susceptible de generar una dependencia psicológica entre ligera y moderada”, aunque no necesariamente adicción. Más allá de la teoría, el hábito provoca tensión arterial alta, caries, estreñimiento, hemorroides, alucinaciones y depresión.

“Cuando se pasa el efecto, hay gente que suele ponerse de mal humor y que pierde la paciencia”, admite Jaled. También quita la sensación de hambre, algo importante en un país donde muchas familias se ven obligadas a saltarse alguna de las comidas por falta de recursos. (Un 43% de los 23 millones de yemeníes sobreviven con menos de dos dólares diarios, según el FMI). Los más pobres llegan a gastarse la mitad de sus ingresos en comprar qat, en lugar de alimentos. Incluso los parados dedican más tiempo a hacerse con las hojas que a buscar trabajo.

“Para mí, el qat representa la pobreza por su impacto negativo en la agricultura, la economía, el agua, la productividad, la salud y los ingresos”, resume Al Eryani en un intercambio de correos electrónicos. Esta destacada bloguera y activista política, que reconoce haber masticado sus hojas verdes y brillantes un par de veces “para saber de qué hablaba”, se muestra convencida de que “Yemen nunca será un país desarrollado mientras el qat sea más importante que la tierra y el agua, la salud e incluso sus niños”.

Al hilo de la primavera árabe, Al Eryani logró movilizar a jóvenes activistas, humoristas gráficos y periodistas para explicar el daño que el qat hace a la sociedad y promover el Día Sin Qat, el pasado enero, y su continuación, el 12 de abril, con un llamamiento a que se prohibiera mascar esa droga en las oficinas públicas. A pesar del apoyo de un par de ministros y algunos parlamentarios, su presión resultó insuficiente para que se aprobara una ley al respecto. Y eso que los sectores más religiosos también respaldan la idea por razones morales.

No han sido los primeros en intentarlo. Ya hace 40 años un primer ministro, Mohsin al Aini, perdió su puesto por ese motivo. En el año 2000, el ahora depuesto Ali Abdalá Saleh quiso prohibir su consumo entre los militares. Su decreto duró una semana. Tal como señala el politólogo Abdullah al Faqih, esas iniciativas “van contra los intereses de los políticos, muchos de los cuales participan en esa lucrativa industria”.

Para los productores (líderes tribales, jefes militares y políticos), el qat es cinco veces más rentable que el café y genera ingresos durante todo el año. Así que poco a poco ha ido sustituyendo a otras cosechas, sin tener en cuenta el enorme consumo de agua que requiere en un país que está agotando sus acuíferos. En la actualidad, un tercio de la tierra cultivable se dedica a esa planta sin ningún valor nutritivo, mientras el país importa alimentos.

Pero no siempre ha sido así. Aunque los yemeníes mascan qat desde hace siete siglos, en el pasado estaba considerado un lujo ocasional. Su consumo se incrementó en las ciudades a partir de los años setenta del siglo pasado, cuando la construcción de carreteras facilitó su transporte. De hecho, en el sur del país, solo se generalizó tras la unificación, en 1990, ya que el Gobierno marxista solo lo permitía durante los fines de semana.

Hoy resulta complicado revertir esa situación. El cultivo y distribución del qat da trabajo a 500.000 yemeníes, un 16% de la fuerza laboral, lo que lo convierte en la segunda fuente de empleo tras la agricultura y la ganadería, por encima incluso del sector público, según el Banco Mundial. Además, su comercio ha llevado dinero y proyectos de irrigación a aldeas remotas.

Después de meses de protestas, los yemeníes lograron a principios de este año echar del poder al que fuera su presidente durante tres décadas. No parece que librarse del qat vaya a ser tan fácil. Hasta los activistas lo admiten. “Mi sueño es que al menos Yemen no se asocie con esa planta, que se limite su producción, se restrinja su uso en lugares públicos y no se permita que lo masquen los niños”, concluye Al Eryani.

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