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La entrevista | 24/01/2014 | 1 Comentarios
"Miento por diversión"
Alfredo Bryce inicia un nuevo periplo en su viaje sin final. Termina el tramo Europa, de 34 años, escritor y profesor, Francia y luego España. Lo cuenta y le divierte su finura: broche de oro, "para que este señor se vaya feliz"
Alfredo Bryce Echenique
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Alfredo Bryce Echenique, Lima, 1939, ficcionador, dice encontrarse en el momento más fatal de su vida. Porque iba a embarcarse en un sueño, el regreso a Perú, que se ha tornado en pesadilla de kafkianas burocracias; papeleos, funcionarios, bajas y altas. Y él, preferiría no: no vivirlo. Pero ha iniciado el destierro nuevo. Tránsfuga. Transitador. La pasada semana el agente inmobiliario le sorprendió "flojeando no más en la cama".

 Al cliente tuvieron que explicarle, que "el señor no está incluido en la venta de la casa". Atormentado, ayer abandonó su hogar en Madrid, la terraza que durante 14 años ha sido aeropuerto central de vuelos transatlánticos procedentes de la América Latina. Lo ha dejado todo en manos de la mudanza, que le dejen sólo el fax, porque anda siempre Bryce liado con el fax, aunque las cartas que llegan con la electrónica traigan tinta indeleble que no se emborrona del sentir.

Alfredo Bryce inicia un nuevo periplo en su viaje sin final. Termina el tramo Europa, de 34 años, escritor y profesor, Francia y luego España. Le han dado el Premio Nacional de Narrativa 98, que es un buen "broche de oro". Lo cuenta y le divierte su finura: broche de oro, "para que este señor se vaya feliz".

"Reivindico la ternura, me interesa la posición del otro, soy curioso de las vidas privadas", dice. "Me encantaba jugar al fútbol, y siempre me dejaban echar un tiempo en un lado y otro, en el contrario. Pero cuando llegué al Universitario Deportes, que es un real club de fútbol, y quise pasarme al equipo argentino en el segundo tiempo, me botaron: del Perú, del Argentina, del estadio y de todas partes. Yo no había sido traidor a nada, era sólo una enorme curiosidad por romper fronteras. Así que me di cuenta de que esto sólo era posible en la literatura".

-Andaba evocando boleros, música andrógina, y alguien le dijo que era usted el primer escritor mujer.
-No es exacto, pero hay un trabajo de una profesora norteamericana que dice que mi escritura tiene rasgos femeninos. Yo no estoy de acuerdo, será quizá que revela zonas de la realidad del hombre y la mujer que otros escritores no han tocado. Ocurre que esta profesora toma la figura del bolero, que yo ultilizo, y que es una música andrógina, para decir que entre la literatura que yo hago y la que hacen escritoras latinoamericanas no hay grandes diferencias tonales.

-Cualquiera diría que ha salido usted dándole la razón, con este nuevo personaje de su nueva novela, esta mujer-Tarzán, generosa y fortísima que va por ahí recogiendo hombres desastre.
-Sí, probablemente es una realidad de la novela. En todo caso, el tercer hombre que recoge no es tan desastre: le da paz y estabilidad.

-Y esa realidad de la novela, ¿procede de la observación o es pura inventiva?
-Es algo que he contemplado muchas veces. En la relación de la pareja siempre hay uno más entero que el otro, y esto suele atribuírsele a los hombres, que son más fuertes psíquica y físicamente. Yo he observado que muchas veces la mujer es la persona fuerte en la pareja.

-¿Por qué será, Bryce, que las mujeres gustan de la femineidad del hombre?
-Porque es un elemento inesperado, encontrar a un hombre que tiene vasos comunicantes con su carácter. La mujer se siente más a gusto con un hombre que tiene rasgos que suelen atribuírsele a las mujeres.

-O sea, que les atrae.
-Creo que sí, y eso hace que tantas mujeres se fijen más en hombres débiles: los encuentren más accesibles, más abordables y capaces de intimidad, de complicidad, de convivir con ellas las mismas experiencias, no sólo convivir.

-Bryce, ¿quién le espera en Lima y cuántos abriles lleva esperándole?
-Amigos, familares, playas: los mismos que me han esperado siempre. Gente con la que a lo largo de estos 34 años no he perdido en absoluto el diálogo, ha sido tan fluido... Incluso me dicen que entre ellos sólo se ven cuando yo llego: amigos de colegio, de universidad, escritores, hermanos.

-¿Cuánto tiempo le han esperado?
-Probablemente mucho, hasta pensaron que nunca volvería, que iría siempre de visita. Les ha sorprendido mucho mi decisión de volver a vivir en el Perú: creían que yo ya era una persona afincada en Europa definitivamente, muy viajera, eso sí. La verdad es que nunca me preguntaron por qué o cuándo regresaba: yo era el que venía de tiempo en tiempo, los reunía y luego se iba y se desconvocaba la fiesta.

- ¿Por qué decide volver?
-Siento que mi experiencia europea ha terminado. Lo digo con toda la gratitud, pero Europa y yo ya nos hemos sacado el jugo mutuamente. Así como antes abandonaba un país y un trabajo muy bueno para marchar a otro, y entre la bolsa y la vida siempre he escogido la vida, ahora que estoy bastante establecido, nuevamente escojo la vida: es una experiencia rejuvenecedora, peligrosa, difícil, un desafío volver a un país que ha cambiado tanto respeto a lo que yo conocí. Aquello ya no es la Lima que yo viví, pero están las mismas personas, y ésas no cambian.

-Dice que volver es un desafío. Hasta hace bien poco su opinión sobre Perú era muy pesimista.
-Los franceses, tan cartesianos, me dicen que si vuelvo a Perú será que el país ha mejorado mucho. Si voy a esperar a que mejore... ¿Qué es que un país mejore? Para un ciudadano que regresa a su casa no es el elemento más importante. La situación no es ideal, pero si espero a que lo sea nunca volvería.

-Anuncia que se va y le dan el Nacional de Narrativa, ¿querrán que no se vaya, o que vuelva?
-Yo lo he tomado como una especie de broche de oro para una relación que ha sido muy fluida y cariñosa. España siempre me acogió muy bien con mis libros. Sí, la coincidencia hace pensar que hubieran dicho: bueno, este señor se va, hay que premiarlo para que se vaya feliz.

-Una vez me dijo que si había llegado tarde a todo y se había quedado solo, era por falta de maldad. ¿Así son sus protagonistas?
-Lo dice Fernanda en la novela: "Nunca fuimos el peso para el otro que hizo que pudiéramos causar daño a un tercero y estar juntos. Tal vez un poquito de trampa lo hubiera arreglado todo". Pero lo que ella admira en él es que tampoco es capaz de esa trampa.

-¿Eso es generosidad?
-Es ponerse en el pellejo del otro y no poder actuar.

-¿Por eso son bellos los perdedores?
-A mí me interesan más que los ganadores, tienen más que revelarnos y contarnos.

-Bryce, ¿a usted, el tiempo de llegada, el renombrado E.T.A. de su novela, se le quedó colgado ya en el primer amor?
-No tengo esa sensación, son cosas que se descubren después. Mi primer amor fue como el de todos. Lo que ocurre es que normalmente la gente lo pierde y lo olvida, y yo ni lo he perdido ni lo he olvidado: sigo tan unido a esa persona como lo estaba en el mejor momento, y tal vez ahora la relación sea mejor.

-Dice que todos sus amores profundos quedarán en una simple amistad. Difícil tarea, ¿no es preferible el olvido?
-He tenido esa suerte. Probablemente sea más fácil el olvido, pero la continuidad es más enriquecedora: es fuente de mucho placer.

-Estos ex amores amigos, que terminan siendo como hermanos incestuosos, ¿supondrían el estado superlativo del amor?
-En todo caso es el estado al que se llega cuando no se puede ir a más. Se llega a una alianza que la da el tiempo y la complicidad, la inteligencia, el humor, la ternura: no se puede crear de la nada. Cuanto más se alejan Fernanda y Juan Manuel más próximos se sienten, su diálogo continúa aún en el silencio.

-Entre el amor incómodo, "que puede llevarte a la más húmeda y fría y feliz sordidez", y el no amor, ¿con qué se queda?
- Si hay sordidez elijo el no amor: el silencio (se sonríe, cabeza abajo, barbilla sobre el pecho).

- Bryce, su humor es como un acto de penitencia. ¿Sus personajes ríen para pedir perdón por amar o sufrir tanto?
- Sí, yo creo que detestan molestar. Entonces actúan casi en la sombra, llegan con cara de que ya no tardan en irse: no quieren pesar, ser invasores de la realidad del otro sino ser llamados: en ese momento están siempre disponibles.

- Cuando publicó sus antimemorias hubo quien le reprochó un exceso de ironía sobre sí mismo, ¿le sirve para no afrontar la tristeza o para qué?
-No, creo al contrario que la ironía vela la realidad para mejor sugerirla. Es la sonrisa de la razón, que penetra las cosas, pero no como un dardo destinado a herir. El ser irónico se ríe del otro y de sí mismo, sufre lo mismo que sufre el destinatario.

- En La amigdalitis de Tarzán, con el pretexto de hacer reír, cuenta una historia tristísima.
-Yo creo que a veces la gente se ha equivocado al leer mis libros porque sólo perciben humor. Son propuestas bastante dramáticas, contadas con humor porque así es mi temperamento, porque yo trato de ver el lado divertido. El libro es triste y duro, pero no amargo: en sus personajes nunca aflora la amargura.

-Personajes que "experimentan la angustia y la tristeza, pero jamás estuvieron tristes una mañana", dice citando a Hemingway. ¿Usted es un impúdico o un sibarita de la tristeza?
-Me considero más un sibarita de la tristeza, o una persona silenciosa. Yo si estoy triste no aparezco, no molesto.

-¿La tristeza es bella?
-Para mí sí, es fuente de mucha observación: desde la tristeza se observa mucho más que desde la alegría.

-Una vez me dijo que si le han querido es porque se quedó en la adolescencia, territorio cruel, ¿usted cree que da lástima?
-No. Es una forma de estar en el mundo. Yo no sé qué es una persona madura: sé lo que es una persona podrida, pero madura, no. Me atraen, me conmueven, me muevo más a gusto entre personajes que viven como si fueran eternamente adolescentes: sorprendidos, desbordados y heridos por la realidad. Probablemente esto esté ligado a mi carácter: dicen que actúo como un inmaduro. La madurez, si existe, en todo caso me aburre. Lo dice ya Martín Romaña ("La vida exagerada de..."): "Quisiera prolongar la adolescencia hasta que me sorprenda la muerte". Son personajes que quieren disfrutar de la inmensa diversidad de la vida
.
-¿Habla Martín Romaña o Bryce Echenique?
-En cierto modo, soy yo.

-Ficción y realidad, ¿cuál de las dos le invade el terreno ajeno? ¿Escribe lo que sucede o interpreta lo que sucede según la ficción en que esté metido?
-Yo creo que lo segundo. Lo que sucede lo reelaboro según lo que esté escribiendo, de tal manera que a veces le digo una frase a alguien y se sorprende: ¡Pero a éste qué le pasa, qué está contando!

-¿Todavía miente, o exagera, como cuando era niño?
-Miento por diversión, entretengo con mis mentiras, con mi visión exagerada de la realidad: es imaginación, fantasía. Engañar es otra cosa. Ni mis personajes ni yo engañamos, más bien somos engañados. Mis mentiras son producto de esa rapidísima reelaboración: veo distinto que los demás. Mis amigos se reían de eso, y hoy que ya son mayores me buscan por lo mismo: a ver este hombre qué nos cuenta, qué aventuras ha vivido. Tengo esa capacidad de crear momentos largos de felicidad, de amistad, de camaradería. Por ejemplo, cuando visité Perú después de escribir No me esperen en abril todos mis compañeros del colegio, que eran los protagonistas, se buscaron después de años sin saber nada unos de otros y se reunieron. Habían pasado 40 años y conversábamos como si aún estuviéramos en el colegio: aquello no parecía una comida de amigos, sino el sueño de una comida de amigos.

- Bryce, ¿qué propicia todo esto?
-No sé, ellos me dicen que cada vez que los visito se preparan como para un estriptis.

-¿Qué cosas raras le están sucediendo ahora?
-Sobre todo me están pasando cosas aburridísimas, torturantes: no veo la hora de terminar con esto, no tiene nada que ver con el regreso a un país, te ponen tantas trabas para realizar tu sueño. Probablemente estoy viviendo el momento más difícil de mi vida.

-¿Quién es en realidad María Fernanda de la Trinidad, etc, etc?
-Es un personaje realmente inventado. Mis amigos me preguntan, pero de dónde te has sacado a ésta que no la conocíamos.

-¿Cree que el lector cómplice va a encontrar su propia biografía en La amigdalitis de Tarzán?
-Sí, creo que la gente va a tomar conciencia de cuántas veces ha perdido la hora de llegada en la vida y no se ha dado cuenta.

-¿Hay quienes sí llegan a tiempo?
-Pues sí, los seres maduros llegan a tiempo.

-"Los escritores somos tres o cuatro obsesiones, luego hay algunos que tienen una sola y por eso son mejores". ¿Cuáles son sus obsesiones, Bryce, numeradas?
-Creo que soy una persona de una sola obsesión, que apuesta por la amistad, por la lealtad, por la fidelidad: tengo todas las cartas a un solo número.

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