La magnitud de este despropósito urbanístico pasa por encima de la incomodidad del ruido o del polvo que cubre los autos del estacionamiento como si fuera una película del 11S. Ya es común hallar vecinos con problemas de la piel o la vista
El sábado asistí a una asamblea de vecinos para debatir un tema que, al menos en Montalbán, se ha vuelto un asunto de vida o muerte. El año pasado, la absurda idea del ministro Farruco Sesto de que en Caracas cabía otra Caracas germinó en la cabeza de un Presidente que gobierna no por decretos sino por caprichos, y que halló en tal revelación la ocasión para sembrar decenas de edificios y concreteras por todas partes, multiplicando así el caos de una ciudad que desde que tengo uso de razón, estoy escuchando que es ingobernable.
El punto es que en esa bucólica urbanización de los 90, aquella donde los novios se citaban los sábados en la tarde para que uno de ellos enseñara al otro a manejar, o donde el domingo se organizaban maratones, o los adultos mayores salían a caminar, ya no existe. En su lugar queda el permanente ruido (24 horas del día) de las trituradoras de piedras, gigantescas grúas levantando cabillas, excavadoras de tierra y el ruido monocorde de martillazos que un ejército de obreros repite sin cesar para deterioro de la salud de los habitantes, que de día tragan tierra y de noche no pueden dormir.
Es verdad, se trata de un reclamo trillado, que denuncian por igual la gente de El Valle, la avenida Libertador, San Bernardino, Petare y Vista Alegre, por citar algunos de los 24 sitios capitalinos que Farruco Sesto escogió para demostrar que otra Caracas está por emerger. Es sabido también que los vecinos organizados en consejos comunales han recogido firmas, se han plantado con carpetas frente a los ministerios de Salud y de Vivienda; de la Vicepresidencia o de la Asamblea Nacional, y de la alcaldía de Libertador e incluso de la fantasmal Jefatura de Gobierno del Distrito Capital, sin ser al menos recibidos por algún funcionario.
La magnitud de este despropósito urbanístico pasa por encima de la incomodidad del ruido o del polvo que cubre los autos del estacionamiento como si fuera una película del 11S. Ya es común hallar vecinos con problemas de la piel o la vista; niños que tosen sin parar y de adultos con crisis hipertensiva u otras descompensaciones de salud porque cada uno de ellos respira pequeñas dosis volátil de amianto con aluminio, cemento que se esparce por los aires y tierras que forma una polvareda si pasa un carro a toda velocidad.
En su desesperación, la gente ha evitado referirse en las asambleas a la pertinencia o no de erigir 25 edificios en Montalbán y de cómo han acabado con los últimos espacios verdes de la urbanización, o si el paso de las gandolas con cabillas y demás materiales han destrozado las vías, sin posibilidad de que puedan ser reparadas.
Como lo expresó con desespero el vecino cuya esposa debió ser internada en una clínica con asfixia provocada por la tierra que llega a su ventana: no se trata de un tema político, o si la empresa constructora de Farruco Sesto o la de cualquier otro capitoste de la revolución está siendo beneficiada. Es un asunto urgente de pulmones. Y en este caso, ante la gravedad de este apocalipsis urbano, no hay pulmones rojos, amarillos o azules que valgan.