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Nunca en Domingo | 28/10/2012 | 1 Comentarios
"Hay que conocer al otro"
Psicóloga social y profesora de la USB, Colette Capriles Lamenta que mucha gente vote por la opción democrática llena de fervor, pero reducen su participación política al voto, y se quejan luego de los resultados, denigrando de la dirigencia y hablando pestes de los partidos, “porque el voto mismo parece a veces concebido como una solución mágica y automática”
ELIZABETH ARAUJO /FOTO CRISTIAN HERNÁNDEZ
Colette Capriles
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Psicóloga social y profesora de la USB, Colette Capriles está convencida de que este gobierno podría ser el campeón de la incompetencia, pero admite que ha desarrollado una red institucional que funciona para efectos de la cosecha del voto. Lamenta que mucha gente vote por la opción democrática llena de fervor, pero reducen su participación política al voto, y se quejan luego de los resultados, denigrando de la dirigencia y hablando pestes de los partidos, “porque el voto mismo parece a veces concebido como una solución mágica y automática, cuando no lo es”

–Olvidada la pesadilla del 7-O y curadas algunas heridas, queda la reflexión. Aparte de las trampas innegables ¿qué pasó en el país para que los ciudadanos le dieran un sólido respaldo a quien, para muchos, lo ha hecho mal como gobernante?
–Habría que preguntarse, más bien, por qué una mayoría de los votantes no estima que se trate de un mal gobernante. El punto es que el criterio de lo que es buen gobierno pareciera no ser compartido por la sociedad venezolana. Esto toca lo que a mi modo de ver es esencial en la interpretación del 7-O: la profunda, inconmensurable división –y hasta separación– que se ha operado entre nosotros. Creo que el foco de la reflexión debe orientarse a ello: ¿cuáles han sido los operadores de esa escisión? ¿Qué tan poderosos son? Hay unos de tipo institucional: un Estado convertido en un instrumento de una voluntad de poder; pero hay otros discursivos y políticos que han convertido a una parte de la población en rehén de la necesidad, mientras otra parte encuentra en lo ideológico una justificación suficiente de ello, por la vía de la exaltación del populismo autoritario presuntamente de izquierda. De nuevo, lo esencial es considerar cómo nuestro país alberga dos mundos, dos realidades que nunca se encuentran, dos experiencias de lo colectivo que son contradictorias entre sí.
 
–Algunos, para explicar el triunfo de Chávez, se arrinconan en el argumento del terror impuesto a los funcionarios públicos y los beneficios de las misiones ¿Habrá otro elemento que la oposición no haya podido detectar en sus radares?
–Ambos elementos son importantísimos pero sólo porque están articulados en una red institucional que –otro hallazgo del 7-O– funciona muy bien para efectos de la cosecha del voto. Es decir, no explican nada por sí mismos sino en la medida en que forman parte de un sistema muy complejo en el que interviene un conjunto de operaciones que como dije, incluyen la narrativa de la necesidad, la identidad política del chavismo, un flujo gigantesco de dinero sin control, un aparato partidista con disciplina política, y sobre todo, una poderosa vigilancia "biopolítica" (es decir, control de poblaciones clave a través del sistema asistencialista). También, una oposición política comparativamente débil, menos organizada, sin un discurso político con la misma densidad y fundamentada más en el entusiasmo que en la acción política cotidiana.
 
–Para Diosdado Cabello, por ejemplo, ha resultado ofensivo que algunos articulistas subrayen el elemento clientelar en la estrategia electoral chavista, porque a su juicio, ello degrada al pueblo necesitado de atención.
–La verdad es que quien ha logrado degradar la acción del Estado de bienestar es el chavismo al convertirlo en un instrumento de reducción de la autonomía y dignidad de las personas. No es la atención que el Estado pueda ofrecer lo que se cuestiona, sino la construcción de ese sujeto "necesitado" al que nunca se le ofrece la posibilidad de liberarse de la necesidad. La atención precaria que ofrece el Estado chavista es una mala caricatura de lo que debería ser la acción pública, que debería orientarse a fortalecer capacidades a través de la educación y el trabajo. 
 
–Lo raro es que tras el triunfo presidencial, la misma gente afectada por los malos servicios y las promesas incumplidas destroza una estación de tren en Cúa y toma un hospital en La Victoria para exigir atención.
–Un adelanto de lo que viene, y un síntoma de que la reelección del presidente no obedece a la convicción de que su proyecto mejorará la calidad de vida, sino que por el contrario, se fortalece la lógica del "reclamo" que ha presidido la acción pública. Hay como un doble chantaje extremadamente perverso: por una parte, el Estado chantajea a su público amenazándolo con volverlo a sumir en la pobreza (perder las "misiones") si no lo apoya; por otra, el "cliente" tiene que exigir, con violencia cada vez más acendrada, el cumplimiento, siempre deficitario, de la oferta. Curiosa forma de "empoderamiento", dicho sea de paso.  
 
–Hay quienes sostienen que Hugo Chávez juega al caos para sacarle provecho, en la medida en que esas explosiones de ira colectiva lo fortalecen. ¿Podría explicarnos esa extraña teoría?
–En esa lógica de "fortalecer las demandas populares", para usar el eufemismo corriente, podría tener algún sentido que se haya establecido esa dinámica tan perversa. Pero por el contrario, creo que el gran fantasma para el gobierno, su Némesis absoluta, es la posibilidad de una iracundia popular generalizada que obligue a ejercer una represión abierta. La idea de que el Caracazo desmoronó a la democracia (una idea que a mi modo de ver es equivocada, aunque se la haya usado eficazmente para construir la mitología de los orígenes del chavismo) parece muy arraigada entre la oligarquía que nos gobierna. Quizás tengan razón. Pero no diría que el caos fortalece al chavismo, y más bien cada vez lo perjudica más; la promesa esencial de la campaña electoral, la única casi, fue la estabilidad y el mantenimiento del status quo. El caos no entra en la fórmula.
 
–Lo cierto es que ya Chávez parece haber olvidado su promesa electoral de gobernar esta vez con apertura al diálogo y exigiendo mayor eficiencia, y el país regresa a las mismas cifras de homicidios, cambia un ministro deficiente por otro igual o peor al antecesor. ¿Estará llegando la sociedad venezolana a un grado tal de conformismo que habrá que inventar nuestras propias estrategias de sobrevivencia?
–Con respecto a la inseguridad ocurre que el fenómeno no es percibido como una responsabilidad directa del gobierno, como si hubiéramos olvidado que la única función que en última instancia justifica al Estado moderno es el resguardo de los derechos y de la vida de los ciudadanos. Claro: los resguardos que cada quien puede inventarse funcionan hasta cierto punto para diluir esa responsabilidad. Pareciera que se piensa, casi, que la víctima merece serlo por imprudente. Mientras el Estado sobreactúa en la vigilancia y control de su población votante, abandona a su suerte a todo aquel que no calce dentro del proyecto. Sólo será ciudadano, en los términos precarios que ya he mencionado, aquel que está "adentro". Los de "afuera", no son nada.
 
–Este paroxismo incesante nos lleva a otra obsesión: la enfermedad presidencial como factor de salvación nacional. O como dicen por Twitter, nos queda apelar al horóscopo (por eso del signo de cáncer). ¿Estamos atrapados en un juego tan perverso y hasta desesperado que no vemos salidas políticas, como este nuevo reto del 16-D?
–Los regímenes autocráticos del siglo XXI necesitan, a diferencia de los del siglo XX, una constante legitimación electoral. Han sustituido la represión militar por la coerción institucional. Pero precisamente por eso, la vía electoral es el camino para deslegitimarlo. Pero la vía electoral no consiste solamente en organizarse para participar en elecciones (bajo las condiciones de ventajismo y coerción que todo el mundo reconoce) sino hacer efectivamente un trabajo político cotidiano y agotador. Mucha gente vota por la opción democrática llena de fervor, pero reducen su participación política al voto. Se quejan luego de los resultados, denigran de la dirigencia y hablan pestes de los partidos, pero no parecen querer dedicar esfuerzos a la organización, a la militancia, a la reforma de los partidos, a contribuir económicamente con las organizaciones, a la defensa de las pocas libertades que aún nos quedan. La inercia es el peor enemigo que tenemos. Tan es así que incluso el voto mismo parece a veces que es concebido como una solución mágica y automática, que no lo es. En estos catorce años ha habido toda clase de expedientes mágicos, de soluciones rápidas, que han todas fracasado. En mi opinión, la ausencia de Chávez no cambiaría inmediatamente las cosas y me atrevería a decir que sólo lo hará cuando quienes se oponen a su visión política hayan hecho bien su trabajo, desde el ciudadano de a pie hasta los dirigentes.
 
–Visto desde afuera, la gente acudió a votar y decidió darle 6 años más de mandato a Hugo Chávez ¿Hay algo en la psiquis colectiva del país que no estamos tomando en cuenta?
–La verdad es que no creo en una psiquis "colectiva". Pero ciertamente hay muchas cosas que no se han tomado en cuenta y de nuevo, la más importante es considerar que hay dos universos paralelos coexistiendo sin encontrarse en este país. Hay que conocer al otro. Ese es el mandato que aparece después del 7-O. Por supuesto, el régimen puede seguir fundando su mundo y su país a su medida, continuando con la exclusión de la otra mitad (o cuasi-mitad) de los habitantes, ignorándolos y denigrando de ellos, construyéndolos como la encarnación del mal. Pero los excluidos, en cambio, debemos mirar por encima del muro y ver qué hay allá adentro, qué lógicas políticas y sociales funcionan allí. Esto no supone ninguna condescendencia ni "tolerancia" ante el poder omnímodo, sino un examen desapasionado.
 
–¿Considera usted que Capriles Radonski es sin dudas el líder indiscutible de esta nueva etapa política del país, o hay que esperar a que supere la prueba de su reelección como gobernador para demostrarlo?
–El liderazgo se demuestra liderizando. Y por supuesto, una cosa es ser candidato presidencial y otra muy distinta ser un líder. Pero la coyuntura de las elecciones del 16-D es complicada y merece una atención especial; creo que lo que está en juego en Miranda no debe ser leido como la consolidación o fracaso de un liderazgo, sino como algo mucho más grave: como la salvaguarda de los espacios de resistencia política. Justo ahora no creo que la agenda de la oposición deba fijarse en el tema del liderazgo, sino más bien en el de la estrategia general para los próximos años. 
 
–¿Qué cualidades importantes advierte usted en Capriles como líder de las fuerzas democráticas y qué aspectos de su condición de político debería mejorar?
–Todo el mundo coincide en que hubo un proceso de crecimiento y empoderamiento de Capriles durante la campaña. Mostró capacidad de aprendizaje y una disciplina envidiable. Pero hay otro aprendizaje ahora: cómo fortalecerse cuando se ha perdido una elección crucial. Intuyo que los aprendizajes de la campaña no se limitan a lo que se ve desde afuera sino que ha habido una maduración general. Por ahora, supongo que su actuación seguirá enmarcada en actividades de campaña, pero después de diciembre veremos la dinámica general dentro de las fuerzas democráticas y su papel en ella. La redefinición de las herramientas unitarias, el proyecto de mediano plazo, la correlación de fuerzas, todas esas variables van a configurar un escenario nuevo que le va a exigir atributos distintos a los que exhibió durante la campaña. 
 
–Jaua lanza su candidatura por Miranda tomándose una foto con Fidel, quien obviamente dentro de la cosmogonía revolucionaria, está por encima de Chávez ¿le ayudará esta jugada mediática alcanzar la gobernación o requerirá de la ayuda de los barcos atestados de electrodomésticos chinos que está atracados en Puerto Cabello?
–Para decirlo tipo twitter, ambas dos inclusive. Yo no soy buena lectora de las visceras del régimen, de modo que no sé exactamente cuál es el mensaje que se quiso enviar allí ni cuáles son sus destinatarios. Podría arriesgar una hipótesis obvia: que Jaua está en la carrera sucesoral y los cubanos no quieren matrimonio indisoluble con Maduro. Una maniobra típicamente estalinista y muy cubana. Hay una anécdota que cuenta, creo, Padura en su libro sobre el asesino de Trotsky, que explica por qué un importante hotel moscovita tiene dos fachadas en una: Stalin encargó su construcción a dos arquitectos distintos al mismo tiempo, sólo para asegurarse de que ninguno se creyera "demasiado". Ignoro si eso le producirá más votos (mejor dicho, más adhesiones de elementos de la maquinaria y burócratas en general). Lo de los barcos repletos de electrodomésticos sí me parece más eficaz, aunque de nuevo, Jaua sólo puede ganar si la máquina funciona mejor de lo que lo hizo el 7-O.
 
–Vista esta sucesión de imágenes postelectorales donde parece que nada hubiera cambiado ¿qué aconsejar a los venezolanos que están preparando sus maletas en espera de tiempos mejores?
–Que, pensando en los que se quedan, ¡no se vayan sin votar! No, en serio, creo que lo más importante es pensar en que el país sigue, que hay espacios para el cambio, que el cambio político no es espontáneo y que exige más trabajo. Que hay grandes aprendizajes de esta campaña, que entre las organizaciones políticas y la Mesa de la Unidad, y también en el espíritu ciudadano en general, hay una voluntad de corregir errores y generar una nueva visión política que dará sus frutos pronto. A pesar de que parece que todo sigue igual, pienso que el gobierno se enfrenta ahora a una situación menos cómoda que en los años previos. Hay decisiones económicas difíciles que hay que tomar; lo de la destrucción comunal del "Estado burgués" no es algo tan sencillo; la situación internacional le es cada vez menos favorable; y sobre todo no hay elecciones en el corto plazo, con lo cual toda la dinámica de la oferta clientelar se debilita, aunque quizás pongan en la guillotina a la Constitución mediante algún referéndum con el fin de perpetuar la lógica legitimadora de esa oferta.

 

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