Y es verdad, sólo que es una verdad estéril. Asà era el campeón, y el retador lo sabÃa antes de subirse al ring. Es, si a ver vamos, una retórica tautológica, casi un pleonasmo, porque lo que al final se dice es que el que gano ganó porque ganó
Entre las muchas formas que el ser humano ha forjado para explicar sus personales derrotas esquivando la ingrata tarea de reconocer sus propias culpas, puede hallarse una a la que por comodidad llamaremos tautológica. Es decir, aquella que se remite a las cualidades, a las características dadas del adversario.
Pongamos por caso un retador en el boxeo. El hombre se sube al ring, resiste heroicamente tres asaltos, pero al final el campeón le propina un derechazo feroz que lo derriba, un knock out fulminante. A la hora de las explicaciones, el retador dice que fue vencido debido a las habilidades y a la fortaleza del campeón.
Y es verdad, sólo que es una verdad estéril. Así era el campeón, y el retador lo sabía antes de subirse al ring. Es, si a ver vamos, una retórica tautológica, casi un pleonasmo, porque lo que al final se dice es que el que gano ganó porque ganó. Y evade la ruda lección: el retador perdió porque se dejó ganar. Lo que hace en contrario un entrenador avezado es preguntarse qué le faltó a su pupilo, cuáles fueron las carencias del retador, dónde estuvieron sus debilidades, y así prepararlo para la próxima pelea.
Imagino a David requiriendo a los filisteos: "Señores: Yo combatiré contra Goliat, pero a condición de que este gigante se ponga de rodillas para que esté a mi altura, y de que no use su casco de bronce ni la cota de malla de bronce ni las grebas de bronce en sus piernas, y, además, que renuncie a esa mortal jabalina cuya asta parece un rodillo de telar y cuya punta de hierro pesa 600 siclos. Sólo en estas condiciones combatiré contra el gigante". Si así hubiese sido, dudo que el evento fuese recogido en el Libro de los libros.
Lo que hizo David fue más bien renunciar a la armadura que Saúl le ofreció, evaluar sus posibilidades, escrutar el modo de vencer a su oponente a pesar de sus atributos personales, y explotar con maña sus propias ventajas (¡la honda y la piedra!).
O a la oposición chilena exigiéndole a Pinochet que para participar en el referendo que reabrió las puertas de la democracia en la nación austral, los votos no deberían ser contados por el Ministerio de Interior (como fue el caso) sino que se requería conformar un Consejo Electoral con participación equitativa entre gobierno y oposición, además de requerir que el dictador dejase su mando militar. No habría tenido sentido pues justamente a lo que se oponían los demócratas chilenos no era a un gobierno democrático sino a una dictadura. Y su escogencia de la estrategia electoral se basaba en varias premisas, pero una por encima de todas: no había otra.
Así que, querido amigo lector, cuando usted sufra una derrota, no se refugie en verdades ociosas y redundantes, no culpe de su fracaso a las características conocidas de su adversario: conviene más bien mirarse al espejo, hurgar en sus atrofias y defectos que son los términos de la ecuación sobre los que usted puede incidir, y, superándolos, dispóngase para la próxima contienda.