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Otra mirada | 17/10/2012 | 1 Comentarios
Populismo reloaded
La gente espera que le den la casita y así convertirse en súbditos dependientes del Estado todopoderoso. Se trata de una manera de escindir la sociedad con la finalidad de garantizar el ejercicio del poder
MIGUEL ÁNGEL LATOUCHE
Barrio
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Yo venía bajando desde la Libertador hacia la UCV, a unos pocos días de las elecciones presidenciales, y la cosa se me reveló de una manera inesperada. En algún punto del recorrido, sobre la pared de una casa vieja, de esas que se niegan a derrumbarse por el paso de los años, hay un gran mural que escenifica parte de nuestro drama cotidiano. No se trata del trabajo de unos grafiteros desprevenidos, el asunto tiene más bien un tono oficial.

En todo caso uno podría decir que responde a parte de la construcción discursiva a la cual nos han tenido sometidos en los últimos años. La cosa es como sigue: el mural representa dos escenas, en la segunda de ellas está escrito en grandes letras algo así como "ahora el pueblo sí consume proteínas", lo que lleva aparejado el dibujo de unos niños sonrientes y algunas figuras de ciudadanos adultos bien nutridos.

En contraste con lo anterior la primera escena representa a un capitalista deforme, obeso, muy parecido al Java de La Guerra de las Galaxias, pero vestido de traje, fumando un habano, rodeado de dólares y barriles de petróleo. En la parte inferior puede verse a la distancia la figura de unos sujetos famélicos evidentemente hambrientos, todo esto está rematado con la fecha del inicio de la "revolución", 1998.

Varias cosas, como vemos el mural en cuestión construye un discurso. Nos intenta decir que antes del 98 la gente pobre era más pobre de lo que es ahora y que ese estado de pobreza era el resultado del egoísmo apátrida de quienes vivían al amparo del capitalismo. Nos dice además que luego del 98 las cosas cambian para beneficiar a los más pobres y propone razones que explican y justifican el resentimiento.

El asunto es interesante porque más allá de la veracidad o no de la narrativa que se presenta para el consumo de los transeúntes, lo cierto es que hay una construcción discursiva que, yo creo, está de manera consciente o no, instalada en la psique de los venezolanos. Si esto es así, el problema del apoyo político de carácter popular que pudiera tener el gobierno de Hugo Chávez no tiene nada que ver con el manejo eficiente de lo público.

Se trata de un ejercicio de representación simbólico a través del cual se intenta dar una idea de inclusión, que se construye alrededor de la idea del reparto de la renta petrolera, que no de la materialización del trabajo. Se trata de una manera de escindir la sociedad con la finalidad de garantizar el ejercicio del poder apoyado en las masas más desposeídas.

Se gobierna desde el pueblo, pero no para el pueblo. Uno debe recordar que nuestro elector no es de clase media profesional. El grueso de nuestra masa electoral se encuentra ubicado en los sectores más pobres. Lo que uno encuentra en el discurso gubernamental es la elaboración permanente de argumentos que justifican las acciones y las razones de quienes ejercen el poder y explican su ineficiencia culpando a otros: al capitalismo, al pasado, etc.

Se trata de la construcción de sensaciones que pueden o no llegar a materializarse, se trata de jugar con las esperanzas de los menos favorecidos, con la expectativa de recibir una dadiva. La construcción de nuestro juego político tiene un carácter profundamente utilitarista.

Esto produce una paradoja: luego de 14 años de socialismo nos encontramos con una sociedad que se define a través de la lógica clientelar. Yo creo que en gran medida esto fue lo que vimos en las elecciones del 7 de octubre.

Evidentemente no estamos presenciando el nacimiento de una Iglesia, sino que, por el contrario, somos testigos de la profundización de una lógica populista fundamentada en la renta petrolera y en el resentimiento. La gente, a fin de cuentas, espera que le den la casita, que coloquen otro Mercal, que el gobierno venga y resuelva.

Así, el ciudadano se convierte en un súbdito dependiente del Estado todopoderoso. Dentro de esta lógica todo el que piensa diferente es sospechoso de alguna cosa. Esto constituye el caldo de cultivo del apartheid político que sufrimos los venezolanos de estos tiempos. Esto contribuye a la politización excesiva de la sociedad.

El ejercicio del poder se justifica a través del discurso. En nuestro caso esto ha funcionado a través de la polarización de las relaciones sociales, a través de la división entre los que pertenecen a uno o a otro lado del espectro político. Esto ha pervertido la construcción de un proyecto de país lo suficientemente inclusivo como para que quepamos todos.

Hablamos de dos discursos éticos que no se tocan, que parecen inconmensurables. Es importante recordar que este país se ha caracterizado desde los tiempos tempranos de nuestra democracia por la movilidad social, la exclusión existe y ha existido pero no es como la pintan los interesados. Hay gente que miente de manera cotidiana sin que se le agüe el ojo. Uno solo puede esperar que Dios nos agarre confesados.

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