Creo que para zanjar esa limitación de los acontecimientos, cuando no lo meramente anecdótico, algunos vecinos se aventuraron en la estrambótica aventura de mezclar historia, sicoanálisis, sociología, verdades de Perogrullo y delirios metafísicos para construir eso que llaman identidad nacional, que funcionaría como explicación de nuestros desvaríos
Me da la impresión de que la hora estelar de los historiadores venezolanos, ganada durante unos años del chavismo, ha pasado. Esta tuvo lugar en el peor momento de la oposición al despotismo, si votamos nos hacen fraude y si no votamos se cogen todo el poder, en que surgió la sensación de que alguna enfermedad contraída en el pasado era la causa de nuestras desdichas presentes.
Necesitábamos ese diagnóstico para proceder a curarnos lo más pronto posible. De allí el verdadero boom, entre otras cosas de venta en nuestro reducido mercado, y el lugar preeminente que adquirieron los cultores del noble oficio. Que, entre otras cosas, era muy novedoso, ya que en tiempos no lejanos en que la cultura nacional era delirantemente universalista los nombrados historiadores eran más bien provincianos obligados, destinados a echar los cuentos del terruño, cosa que poco tenía que ver con el arte abstracto, el teatro del absurdo, el Ulises o Kafka, Bergman o Fellini, las filosofías existencialista, marxista o neopositivista, las muy duras ciencias sociales... en fin, con lo que nos ponía a la altura del gran reloj del planeta.
La historia no da para tanto. El pasado es bastante inerte, lo cargamos inevitablemente a cuestas pero entumecido y el futuro es imprevisible, tanto más el actual que augura inéditos cambios. Además que nuestros historiadores postmarxistas que, por averías de éstas, se habían liberado de las filosofías de la historia que podían aspirar a ubicar el momento presente en una totalidad que les asignaba un sentido, en general practican una historia que peca de lo contrario: el reducirse a los acontecimientos y a intuir alguna generalización verosímil. Que no van mucho más allá de una opinión frágil y controversial.
Creo que para zanjar esa limitación de los acontecimientos, cuando no lo meramente anecdótico, algunos vecinos se aventuraron en la estrambótica aventura de mezclar historia, sicoanálisis, sociología, verdades de Perogrullo y delirios metafísicos para construir eso que llaman identidad nacional, que funcionaría como explicación de nuestros desvaríos.
Pícaros, héroes de pacotilla, malditos genéticamente, militaristas... y todo lo contrario servían para la audaz hazaña de fosilizarnos para siempre. Unos nos creían buenazos, los otros bichos malos. Una advertencia debería quedar, no vuelva a decir: es que el venezolano...
Porque hay que agregar que los historiadores/historiadores hicieron una labor importante, muy sensata. Lograron desmontar teóricamente el intento de los gorilas de crear de nuevo una religión nacional para sus fechorías, a la cabeza de la cual estaba don Simón. Y dotaron a mucha gente de ejemplos que bien leídos podían ayudarnos a darnos cuenta de que, como todo homo sapiens, somos capaces de cosas terribles y estupendas, es decir, realismo y buen olfato para no repetir errores. Lo cual es bastante como conciencia necesaria para no creer demasiadas pendejadas. Además pulieron el hacer, en fondo y forma.
Ahora que andamos animosos y, por lo visto encontramos un camino, no necesitamos tantos fantasmas del viejo pasado, o del pasado eterno, lo que hace pensar que disciplinas abocadas al presente, que es el que interesa descifrar, van tomando el lugar de la vanguardia: economía por supuesto, comunicología en plena revolución, educación, politología, internacionalismo y cosas de esa naturaleza. Creo que es un paso adelante para mirar con mayor claridad el fin del horrendo túnel en que andamos.