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Cronicario | 03/05/2012
El dedo pelúo
Las manos pelúas, lastimosamente, han acompañado al pueblo venezolano desde tiempos inmemoriales. Por fortuna, a veces pareciera que las caricaturas de Zapata, y no sólo las dedicadas a las manos pelúas, también. Es cuando nos asalta la certeza de que Zapata, que todo lo oye, nunca va a dejar de acompañar a los venezolanos, a su memoria y a su conciencia.
GREGORIO SALAZAR
Pedro León Zapata
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Llevamos tanto tiempo oyendo hablar de la tristemente célebre "mano pelúa", de sus tropelías y desafueros, de sus torceduras de la razón y el buen juicio, pero nunca hemos tenido la oportunidad de observarla frente a frente, de explorar, digamos, su forma física, la presencia carnal de tamaña bicha.

Es tan familiar la presencia de la "mano pelúa", últimamente se ha enraizado tanto en el quehacer nacional que ya extraña que en este desparrame de organismos burocráticos a la fecha no se haya creado el Ministerio del Poder Popular de la Mano Pelúa. El problema es que esto acabaría con una de las principales condiciones de la siniestra, que es su anonimato. Aunque si las cosas siguieran así probablemente nadie expresaría malestar o sorpresa por que el señor ministro del MINPOPOMAPE acudiera a su despacho encapuchado. Encontrarle la vuelta a todo es también una cosa muy nuestra.

No creo que amerite extenderse en explicar porqué no es lo mismo decir pelúa que peluda, visto que gente muy faculta ya lo ha hecho con lujo de detalles. Opino que la "d" suaviza tanto el término que lo humaniza. Peluda es, por ejemplo, la mano de Sukuri, nuestra canina y ladillosísima mascota. Pelúa es la pata de esa tarántula que apenas descubrimos en un rincón de la casa le caemos, enloquecidos, a escobazos y mentadas de madre.

Claro, los venezolanos hemos visto cantidad de "manos pelúas", pero son las salidas del lápiz insigne del Maestro Zapata. Son esas extremidades de dedos nudosos y retorcidos, o groseramente regordetas, pero siempre provistas de filosas y largas uñas y sembradas de apéndices pilosos, a veces salvajemente abundantes, como corresponde a alguien cuyos actos delatan torvo, montaraz, primitivo.

Zapata, que todo lo ve, ha ocupado sus viñetas con la representación de esas aborrecibles extremidades cuando el país resiente que algo que debía ocurrir con la mínima corrección y justicia fue trastocado, desviado, manipulado o envilecido con alevosía y ventaja, que la nocturnidad no es tan necesaria para este personaje, de quien el mismo Hombre Lobo se avergonzaría de tener algún parecido aunque fuera solamente en las manos.

Las manos pelúas, lastimosamente, han acompañado al pueblo venezolano desde tiempos inmemoriales. Por fortuna, a veces pareciera que las caricaturas de Zapata, y no sólo las dedicadas a las manos pelúas, también. Es cuando nos asalta la certeza de que Zapata, que todo lo oye, nunca va a dejar de acompañar a los venezolanos, a su memoria y a su conciencia. Sobre todo a quienes no se las llevan con las manos pelúas en cualquier época y cualquier lugar. Hay demasiada vox pópuli recogida y perpetuada en sus mágicos trazos.

En fin, mano pelúa es pelúa hasta el momento en que se sabe a quién pertenece. Bajo esa premisa, la mano pelúa por excelencia fue aquella que una noche apuñaleó el pecho de Juancho Gómez, en una alcoba del mismísimo palacio de Miraflores. Pelúa fue y pelúa se quedó.

Pero a lo que voy es a que en estos días, por fin, los venezolanos hemos podido conocer al menos uno de los cinco apéndices de la eficientísima mano pelúa del siglo XXI. ¿Un dedito? No, un dedo gordo con rostro de abultados cachetes, tan sudorosos que todavía mucha gente cree que lo entrevistaban en un sauna. Pero en verdad debe haber sido un sudor frío, pues estaba dejando de ser uno de los dedos de la mano poderosa que mueve los hilos de la justicia venezolana, para convertirse en el dedo hablador, dedo índice que tanto facilita la labor de la policía.

Y desde la tele nos contó este dedo gordo cómo se inventaron testigos, como se liberaron culpables, cómo se engavetaron expedientes, cómo se la aplicó a unos y se la desaplicó a otros. La típica labor de la mano pelúa cuya impronta son los estropicios. Por supuesto, ningún dedo se mueve solo. Necesita tendones, nervios, vasos capilares que lo alimenten. Los tendones y nervios principales de este dedo pelúo fueron, a confesión, los hilos telefónicos desde donde bajaron las órdenes del gran cerebro pelúo en que se ha convertido el aparato del poder entre nosotros.

No conocemos los rostros de los otros dedos de la mano pelúa que mece la cuna. Tampoco hay que hacer un esfuerzo sobrehumano para imaginárselos. Lo importante es saber y decidir qué hacer con la mano completa porque si de algo estamos seguros, hoy más que nunca, es que esto no va a ser para siempre, menos cuando viene subiendo, palmo a palmo, un clamor y hay millones repitiendo: ¡Abajo la mano pelúa! (N del R. Antes de que a alguien se le ocurra preguntarnos, nos adelantamos a decirles que sí hay cosas pelúas que son buenas y hasta sabrosas. Vaya a la arepera de la esquina y pida "una pelúa". Le darán una de queso amarillo con carne mechada. Ummm... ¡para chuparse los dedos!).

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