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RETUITEANDO | 16/04/2012
HALOMONAS TITANICAE
Los alemanes han utilizado el legendario barco para burlarse cruelmente de sus rivales ingleses. Hay una película de 1942, en plena Segunda Guerra, en la que la tragedia ocurre por manejos sórdidos y por ignorar las recomendaciones de un oficial teutón, claro, de la tripulación
GREGORIO SALAZAR
Titanic
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Cuando llegamos al sitio escogido para la obra, el resonar de los martillos sobre metales era incesante y abrumador.

Más allá un grupo de operarios bastantes grotescos armaban una red tubular que comenzaba a ras del suelo como escaleras y en la parte más alta tomaba forma de barandales. La estructura quedaría coronada por un timón y una chimenea.

Trabajaron a ritmo febril hasta hacer aparecer entre brumas al buque, que pronto fue abordado por la tripulación y una tropa de pasajeros inquietos, exultantes, frenéticos los unos y los otros.

Más tarde, un banquete en el mismísimo puente de mando, el capitán evidentemente ebrio y con un ojo sombreado semejando un parche, las coquetas pasajeras con la impudicia desbordada en los senos, los marinos excitados y desentendidos de sus faenas. Y en medio de un lenguaje gestual y mímico exageradamente expresivo, la única palabra que se escucha en toda la obra. Un grito. No podía ser otro: ¡Iceberg..! En estos días centenarios del Titanic y del grandiosamente reflotado Festival Internacional de Teatro de Caracas, volví a tener en mis manos el programa de aquella singular presentación del Theater Titanick (1995). "Una alegoría apocalíptica del naufragio del sueño en que vivía el mundo antes de la Primera Guerra Mundial, de que el progreso técnico e industrial acabaría con el horror, en vez de convertirse en su herramienta", se lee.

No ha sido, por cierto, la única vez que los alemanes han utilizado el legendario barco para burlarse cruelmente de sus rivales ingleses. Hay una película de 1942, en plena Segunda Guerra, en la que la tragedia ocurre por manejos sórdidos y por ignorar las recomendaciones de un oficial teutón, claro, de la tripulación. El arte es, al menos, una forma más considerada de cobrarse sus mutuos estropicios y desportillamientos.

El Titanic. ¿Quién no ha sucumbido ante la fascinación de esta increíble historia? El objeto más grande y majestuoso que había construido la mano del hombre, un trasatlántico de ensoñación, derroche de glamour, lujo, confort y tecnología yéndose en su viaje inaugural al fondo del océano arrastrando consigo más de 1.500 vidas.

Una historia donde se entremezclan la ambición, la arrogancia, el heroísmo, la cobardía, el sentido del deber, la solidaridad, la discriminación, tan cargada de enseñanzas que perfectamente pudiera ser incorporada a la Biblia.

Tengo en ella mis preferidos, héroes entre los héroes: los músicos, quienes asumieron estoicamente --no su fatalidad, sino su deber-- hasta el minuto final y cuyos himnos fueron el último bálsamo para tantas almas desesperadas.

Hoy se cumple un siglo del fatídico roce del barco con tan insólita mole (¿Un Moby Dick glacial? ¿Un Leviatán de hielo?) y mañana de su terrible naufragio. A más de 4 kilómetros profundidad, en el reino del silencio y la oscuridad en la que duerme su truncada historia de grandeza, los restos del fantástico navío resultan una delicia para las bacterias, miles de millones de ellas, que devoran el casco, ventanas, puertas y escaleras y las que fueron sus descomunales calderas. En 30 años, del fantástico trasatlántico no quedará sino lo que parecerá carámbanos o estalagmitas de óxido, pero que en realidad son las inmensas colonias de la Halomonas Titanicae, como ha sido bautizado el voraz microorganismo. Se habrá dado un banquete de 50 mil toneladas de hierro fundido.

¿Cómo fue posible que aquella maravilla naval teniéndolo todo para dejar una historia de triunfo y magnificencia sucumbiera en forma tan desgraciada y sobre todo tan prematura? Hay un listado largo de omisiones, imprevisiones, errores y temeridades con la que se intenta explicarlo. A otros les basta con decir: escrito estaba, si se toma en cuenta la asombrosa premonición novelística de Morgan Robertson, "Futilidad", (1898).

Que las comparaciones resultan odiosas son una verdad oceánica, ni tampoco intentaré halarlas hasta aquí con remolcadores. Pero cuando pienso en la nave revolucionaria de la cual nos quieren hacer pasajeros a la fuerza, encuentro que este buque se parece más a la sátira alemana que vimos en el Poliedro hace 17 años que a la historia real. El timonel de este navío a la deriva tiene mucho más que ver con el capitán ebrio y pirata que con el adusto y hasta ese día super eficiente Edward J. Smith.

Los grotescos y torpes operarios del fingido astillero han encontrado émulos en quienes nos trazan esta delirante singladura. Como en "Titanick", el agua no invade las bodegas desde afuera, sino desde el mismo interior del buque, de aquellas tuberías que se exhibían como barandas y escaleras y que resultaron caños, surtidores cuyos chorros incontenibles inundaron el escenario y empaparon buena parte del público, incluido al gobernador capitalino de la época.

En ninguna parte está escrito que el destino de este país sea el hundimiento, ni existe, aunque muchos intentan cultivarla, una Halomona Venezuelae del odio, predestinada a dejar esta nación hecha carámbanos. Estamos a tiempo para evitarlo, comenzando por superar el desconcierto que nos causa ver una mitad del país gritando: --¡Iceberg...! Mientras la otra mitad, ensimismada, le responde: --¿Uh? ¿Ah?

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