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Otra mirada | 11/04/2012
Joropo jorconiao
El discreto encanto de pasar Semana Santa en Caracas, fueron unos días tranquilos, para la reflexión, compartir en familia, reencontrarse con viejos amigos. Cuando el Presi no está para exacerbar el odio nos encontramos mucho más dispuestos a la amistad cívica
MIGUEL ÁNGEL LATOUCHE
Iglesia
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La verdad me quedé en Caracas, después de mucho pensarlo decidí saltarme la Semana Santa, las colas de la carretera, las playas abarrotadas de gente, ponerme al día con algunas lecturas, con correcciones de trabajos que tenía pendientes y etc.

La verdad es que esta ciudad hostil como es de manera cotidiana, presenta un rostro un poco más amable cuando la gente hastiada de la presión a la que a diario nos somete la falta de orden, los huecos, la violencia y el stress, decide aventurarse por este país falto de carreteras, lleno de huecos, ausente de servicios y tomarse unos días de asueto.

Uno casi agradece haberse quedado cuando escucha a los amigos comentar sobre las interminables colas de la vía a La Guaira o de lo complicado que se pone Tazón a la hora de regresar a casa. La verdad me pasé unos días de parques, teatro y actividades culturales e infantiles.

Llevé a mi chamo a ver Insectos, en esa genial muestra que trajeron los españoles, me aventuré al Parque del Este y decidí visitar el Museo del Transporte, cosa que no hacía desde hacía un montón de años. Allí pude ver una muestra muy interesante, desde carruajes antiguos, autos de los 50’s, trenes y aviones diversos. Creo que vale la pena la visita.

A pesar de que el museo tiene una amenaza de desalojo, por solicitud de desocupación de los terrenos que ocupa en comodato y que son propiedad del Ministerio del Ambiente.

A pesar del abandono relativo de las instalaciones, de la falta de información en general y del descuido de las áreas de exposición, es un paseo que vale la pena, sobre todo en una ciudad que tiene tan escasos espacios para el esparcimiento familiar como es el caso de nuestra querida Caracas.

Esta fue una semana tranquila, tiempo para la reflexión y para compartir en familia, para el reencuentro con viejos amigos. Esta ciudad cosmopolita, peligrosa y un poco loca estuvo tipo tranquila, mostrando un rostro mucho más humano, mucho más lleno de la compasión y la comprensión que nuestra absurda dinámica política ha hecho olvidar.

La gente no estaba tan en guardia como es cotidiano, la gente parecía más dispuesta al encuentro, a la comprensión del otro. Quizás yo no sea más que un optimista redomado, pero me parece que hay en nosotros más razones para el encuentro que para el desencuentro, me parece que cuando el Presi no está para exacerbar el odio y el resentimiento nos encontramos mucho más dispuestos a la amistad cívica, al encuentro ciudadano. Hay, ciertamente, relaciones toxicas.

II El domingo de resurrección me dejé de güevonadas y me fui a PDVSA La Estancia, allí, desde hace días, se está celebrando un festival de joropo que convoca a grupos de cultores de diversas áreas del país.

Fui por invitación de mi amigo el Maestro Félix Vera, Director del Taller de tradiciones culturales de Tinaquillo, un pueblito del estado Cojedes, en el cual este grupo se reúne y trabaja en el rescate de diversas manifestaciones culturales, desde el joropo jorconiao en el cual el ritmo y la danza recoge y mezcla los sonidos y movimientos andaluces con los ritmos autóctonos y el violín llanero; hasta los velorios de Cruz de Mayo y los Diablos Danzantes. Todo esto como el resultado de un trabajo de años de investigación folklórica y una recopilación detallada del trabajo del hombre y las mujeres comunes, de su cotidianidad, de las cosas que les crean identidad.

La cosa fue en extremo interesante, no solo por la calidad de la música y de la danza, sino por el ánimo de la gente. Allí vimos a la gente más diversa, disfrutando de un espectáculo de la venezolanidad. Ciertamente son más las cosas que nos unen que las que nos desunen. Uno podía ver a la gente sonriendo, haciendo palmas, bailando, sin que fuese evidente el resquemor al cual nos hemos malamente acostumbrado.

Uno ve estas cosas y piensa en la necesidad que tenemos de reinventarnos como sociedad, de rescatar esos espacios simbólicos en los cuales se hace posible que nos encontremos, que nos identifiquemos con el otro. Uno ve la sonrisa de la gente, la sinceridad de la gente y no puede menos que saber con certeza que hay gente trabajando para que en el futuro podamos superar los temores y la desconfianza que nos han sembrado.

Uno va a esas vainas y se siente muy venezolano. Más allá de los contenidos malvados del discurso público todo parece indicar que es posible reencontrarnos y que es necesario que lo hagamos. Yo creo que de otro modo no hay República posible, no hay felicidad pública posible, no hay paz democrática posible.

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