En esta entrega Misión Imposible: Protocolo Fantasma flaquea frente a su antecesora inmediata que lucÃa más sólida como trama. Importa muy poco; el ritmo, la libertad, el me-importa-un-pimiento-la-verosimilitud pueden contra todo y contra todos. Como en un cuento de hadas. Al final, ganan los buenos
Todo comenzó cuando Bruce Geller, un libretista y compositor de música para teatro vuelto productor, le vendió a la CBS la idea de la serie Misión: Imposible. Entre 1966 y 1973, la serie narró las aventuras de un grupo de agentes insertados en territorio enemigo con la misión de acabar con bolsones de la Guerra Fría, con meros delincuentes o con gorilas del tercer mundo.
Las misiones nunca eran tan originales como la trama porque Jim Phelps (un atildado Peter Graves que lideró la serie desde la segunda temporada) armaba un libreto en el que los villanos ineluctablemente entraban sin vacilar y terminaban matándose entre ellos porque, se explicaba a veces, el gobierno americano no podía involucrarse en ejecuciones.
La serie tuvo un éxito sin precedentes y fue reflotada en 1988 por dos temporadas. Casi tan famosa como el disparate de la trama era la música del jazzista argentino Lalo Schiffrin. En 1996, la serie se volvió película de la mano del libretista Steven Zaillan (el de La chica del dragón tatuado) y el director Brian de Palma (Los intocables).
A decir verdad tenía poco, o nada que ver con el original: la clave argumental de hacer que los enemigos entraran en una historia de traiciones y se diezmaran entre ellos había desaparecido y un carilindo Ethan Hunt reemplazaba al enigmático "Señor Phelps".
Pero las tres películas (hubo dos secuelas dirigidas por John Woo, el de Contracara, y JJ Abrams, el creador de Lost) mantenían en vilo el disparate enfrentando al equipo a guerreros biológicos y traficantes de armas. La franquicia no ha perdido un ápice de su atractivo y este Protocolo Fantasma obliga a Hunt y su equipo a infiltrarse en el Kremlin para, entre otras cosas, impedir el Armageddón nuclear.
Hay algo en lo cual el expediente no varía: es un muestrario perfecto de las obsesiones de los tiempos que corren. Si en el pasado los ramalazos de la Guerra Fría, tras la Cortina de Hierro o en el tercer mundo, llevaban la delantera para luego ser reemplazados en los 80 por neonazis o criminales organizados que eventualmente evolucionarían en las películas al estatus de malhechores planetarios, ahora les toca el turno a los terroristas con potencial nuclear.
En todo este tránsito hay algo que se ha perdido para desgracia de los fanáticos de la serie y es la inverosimilitud. El original se regodeaba en un doble disparate, el de tener juguetes que podrían dar vuelta a cualquier aspecto del mundo sensible y volverlo un peluche al servicio de la trama, y el inventar una fábula en la que todos los elementos caían como perlas en un collar, para sorpresa del espectador (no en vano, el equipo tenía entre sus integrantes un mago ilusionista, llamado Rolling Hand).
Este segundo aspecto ha decaído, por la peor de las razones concebibles. El mundo visual ya no es tan inverosímil, la tecnología de punta antes solamente disponible para los espías, es hoy un "gadget" a la mano de todo el mundo.
El disparate se ha vuelto cotidiano, el mundo es capturable en cualquier dispositivo y además es rearmable y por si fuera poco se puede reinsertar en un sistema que le otorga un sentido narrativo. Queda entonces y no es poco para el espectador liberado de prejuicios de credibilidad la libertad de jugar "a piaccere" con una historia sin más sentido que el acumular un disparate tras otro sabiendo que no hay ley en el mundo ciertamente no la de la gravedad que pueda contra los buenos muchachos de Misión Imposible.
Es cierto, este Protocolo Fantasma flaquea frente a su antecesora inmediata que lucía más sólida como trama. Importa muy poco; el ritmo, la libertad, el me-importa-un-pimiento-la-verosimilitud pueden contra todo y contra todos. Como en un cuento de hadas. Al final, ganan los buenos.