Menos de mil dÃas duró el bolivarianÃsimo experimento de poner en cohabitación al sector productivo de bienes venezolano junto al estamento cientÃfico y tecnológico del paÃs. La AN le confiscó a las empresas la posibilidad de utilizar parte de sus ingresos en la innovación de sus procesos productivos
Algo menos de mil días duró el bolivarianísimo experimento de poner en cohabitación al sector productivo de bienes venezolano junto al estamento científico y tecnológico del país. La semana pasada, el Presidente partió en dos el Ministerio del Poder Popular para la Ciencia, Tecnología e Industrias Intermedias; un Ministerio del mismo poder popular para esas y otras industrias en frente de un reconstituido Ministerio de Ciencia y Tecnología, pero al que se le olvidó endosarle eso de la innovación.
Después que en diciembre del año pasado el Poder Legislativo modificó la Ley Orgánica de Ciencia, Tecnología e Innovación (LOCTI) y la autista mayoría roja-rojita de la Asamblea Nacional le confiscó a las empresas la posibilidad de utilizar parte de sus ingresos en la innovación de sus procesos productivos, lo mínimo que se podía esperar del Ejecutivo era que terminara ese experimento en Políticas Públicas. Uno que pretendía introducir en el ámbito de la producción de bienes y servicios, un componente significativo endógeno por lo demás de innovación y desarrollo tecnológico.
Desde el año 1999, la administración de Hugo Chávez Frías ha estado dando bandazos de un lado a otro, en busca de una Política Pública que estimule y norme nuestras actividades de ciencia, tecnología e innovación, y que adquirieron rango constitucional con la nueva Carta Magna. Con la obsesión de acabar con los modelos imperiales y capitalistas que había heredado, el Ejecutivo llegó hasta recurrir al vetusto postmodernismo, para después mandarlo al baúl de los recuerdos y quedarse sin ningún marco conceptual en que apoyarse.
Probablemente bandazos no sea la mejor descripción de los tumbos, marchas y contramarchas a las que el sector ciencia ha sido sometido. Al menos tres versiones de LOCTI han estado vigentes, introduciendo cambios contradictorios; desde empoderar legalmente a los empresarios a emplear un determinado porcentaje de sus ingresos en lo que consideren más idóneo en técnica e innovación, hasta virtualmente prohibirles que hagan algo.
En todos estos años, se pierde la cuenta del número de ministros de Ciencia que hemos tenido; desde respetables profesores universitarios pasando por crasos ignorantes hasta fracasados tenientes golpistas, mejor conocidos como embusteros compulsivos.
Por el lado de los investigadores, se les ha cambiado su tradicional apelativo por el estrambótico de cultores, mientras que un programa de incentivos substituyó a un programa de promoción, con el mismo mecanismo para que la gente de la ciencia se mantengan en sus puestos de trabajo en el país; unos mezquinos churupos. El rumbo que tomará ahora el sector es desconocido.
El flamante nuevo ministro, el señor Jorge Arreza, preocupado como debe estarlo por los problemas que enfrenta su familia política, en especial, su suegro, ha mantenido una augusta compostura de esfinge que no le ha permitido ni darle el tradicional saludo navideño a quienes se supone conduce.