21 de noviembre 2017

Navidad sin pernil

Pernil

Para nosotros cerdo de hoy es prohibitivo. No por cuestiones sanitarias ni religiosas, sino, simplemente, porque debido a su precio resulta una proteína impagable para las grandes mayorías
Estamos condenados a navidades sin pernil, por más que digan lo contrario. Veamos.
 
Para los españoles el cerdo fue siempre más que una comida, fue factor de resistencia ante los siete siglos de penetración musulmana en gran parte de la península Ibérica y un elemento identificador de los perseguidos judíos ya que ambas religiones, enfrentadas al cristianismo, rechazan por diferentes razones el consumo de su carne desde los tiempos bíblicos y coránicos.
 
Eso de las prohibiciones de consumir carne de cerdo, por más que estén establecidas en los textos sagrados de las respectivas religiones, no se debe a razones de salubridad, como comúnmente se argumenta, sino a cuestiones simbólicas y la costumbre de todas las sociedades de establecer controles de diversa índole, especialmente los que se relacionan con la naturaleza y la alimentación. Explicaciones de todo tipo y para todos los gustos se han adelantado sobre el tema, tantas que ya el antropólogo norteamericano Marvin Harris adelantó que el mundo podía dividirse entre porcófilos y porcófobos.
 
Más allá del carácter puro o impuro que pueda tener para algunos, originado en el hecho de que come cualquier cosa, especialmente inmundicias, todo se origina en que el cerdo, en su orígenes, fue un animal sagrado destinado al sacrificio, tal como lo explica el historiador Michel Pastoureau, en su libro El Cerdo, donde recuerda que ya lo cananeos lo utilizaban para sacrificios idolátricos en Palestina, mucho antes de que llegaran los hebreos.
 
Otros lo atribuyen a que el cerdo era despreciado por los pueblos nómadas ya que es un animal que no podía seguirlos en sus desplazamientos, como ocurría con los camellos, ovejas y cabras. Para los pueblos islámicos el asunto tiene que ver con la sangre y la prohibición de comer carne de cualquier animal que no halla sido degollado. Para otros se trata simplemente de reafirmación de la identidad, que funciona de forma ambivalente, si tu comes cerdo, yo no lo hago porque no soy como tu, si tu no lo haces, yo sí lo hago, y así vamos.
 
Con todo el respeto que merecen esas creencias, no saben lo que se pierden esos fieles que por imposición divina quedan excluidos de uno de los buenos placeres terrenales como es la sabrosa carne de cerdo. La fe tiene razones que el sentido del gusto no alcanza a comprender. O, como dice Felipe Fernández-Armesto, “no tiene sentido buscarles explicaciones racionales y materiales a las restricciones alimentarias, porque son esencialmente suprarracionales y metafísicas”.
 
Para nosotros cerdo de hoy es prohibitivo. No por cuestiones sanitarias ni religiosas, sino, simplemente, porque debido a su precio resulta una proteína impagable para las grandes mayorías. Aun no existen las cajas CLAP refrigeradas para contener un pernil que sirva de control social a este pueblo hambriento no solo de carnes, sino de democracia y libertad.
 
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