24 de noviembre 2017

Una Venezuela de "entren que caben cien"

emigrantes

El trabajo de los emigrantes que recibió esta tierra les permitió ir progresando de a poco, y ahora sienten mayor arraigo al país que los acogió, que a sus lugares de nacimiento

El recibimiento de muchos extranjeros en tierras venezolanas era algo del día a día. Familias enteras de todas partes del mundo venían a este país con miras a mejorar su calidad de vida aportando a esta, su nueva sociedad, lo mejor de sí.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, con secuelas de destrucción física de las instalaciones industriales, crisis económica, perdida de fuentes de trabajo, Venezuela recibió una gran cantidad de inmigrantes (principalmente de Europa occidental) entre 1948 y 1961.

En el censo de 1961 había, en Venezuela, una población de 7 millones de habitantes, con casi un millón de inmigrantes europeos concentrados en la región central entre las áreas metropolitanas de Caracas y de Valencia.

Desde otros países, también se registró la inmigración hacia Venezuela debido a la política de "'puertas abiertas". Asiáticos, europeos, y de otras naciones latinoamericanas han llegado producto de conflictos bélicos o procesos de persecución política en sus lugares de origen.

Alex Lattanzi, 76 años de edad, nació en Montevideo (Uruguay). Llegó a Venezuela hace 42 años con expectativas positivas pues su hermano tenía dos años viviendo en el país, viajó dos días antes de que su pasaporte venciera, el impulso principal para dejar su nación fue la mala situación económica.

Al llegar, Alex no se esperaba tal cambio. La ciudad para él se le presentó como un show, expresó no haber visto tantas luces juntas, “en Montevídeo en una cuadra había un bombillo en cada esquina, no una luminaria como hay ahora aquí, eran bombillos de 60 Watts como el de una casa” relata, además de la notoria facilidad para adquirir gasolina “con lo que yo ganaba aquí con un mes de sueldo, como empleado normal de oficina, llenaba 200 veces el tanque de gasolina, pero mi padre siendo gerente de banco allá, lo llenaba solo 5 veces”.

Llegó con sus papeles en regla, lo que le permitió conseguir trabajo en menos de un mes, gran diferencia con Uruguay donde el campo laboral era muy limitado, porque solo se daba más la ganadería, “cuando yo empecé a trabajar prácticamente había cero desempleo en Venezuela”. Lattanzi rememora que podía estar nuevo en un trabajo y lo llamaban para otro a los días, e incluso lo iban a buscar en donde estuviese.

Hasta adquirir la ropa de las estaciones de invierno era difícil en su país. “Si no usabas la chaqueta del año anterior, tenías que comprártela en cuotas porque no te daba el sueldo para adquirir otra”, detalla Lattanzi, mientras que en Venezuela se sorprendió al observar como a veces la ropa era desechada.

Entró a trabajar en una entidad bancaria con un horario nocturno y de día trabajaba en un carro con un amigo uruguayo. Luego de un tiempo, Lattanzi dejó la entidad bancaria para irse a trabajar a una distribuidora de licores donde comenzó como vendedor, ascendió a oficinista, pasó a encargado de la producción de la planta, fue gerente de crédito y cobranza y de una sucursal de la empresa, hasta retirarse a crear su negocio propio.

El esfuerzo de su trabajo le permitió comprar un primer apartamento, luego de estar alquilado por un tiempo corto, “después lo cambiamos”, asegura Lattanzi, al tiempo que destaca que compró otro con ayuda de la empresa de licores.

Con solo tres meses como empleado, salió de vacaciones a otros países como Canadá, Aruba y España. Tuvo la oportunidad de montar una licorería hasta que decidió retirarse del trabajo por su edad.

Dijo que para entonces “la moneda venezolana era tan fuerte como el dólar y tenía valor en todas partes del mundo”, pero sostuvo que ahora se debe trabajar, “van a tener que quitarse de la cabeza que yo no hago esto, que yo no hago lo otro” expresó con un tono regio.

Alega tener fe en que Venezuela tendrá un progreso pronto. “Yo estoy aquí y tengo muchas esperanzas de que esto cambie y si cambia más razón para quedarme (...) no estoy para abrir fronteras a ningún lado”.

De Colombia a Venezuela

El caso de Mildre Granados,sin la d en su nombre como es costumbre, no es muy distinto al resto de los inmigrantes colombianos. Con 46 años, llegó a Venezuela en el año 2003 acompañada de sus hermanos y una cuñada.

Su primer trabajo fue en una empresa de turismo que se dedicaba a promocionar películas en hoteles importantes. “No pensé que iba a conseguir empleo tan rápido”.

Las personas que la recibían la hacían sentir como en su casa, asegura Mildre. “La gente bastante amigable, gente muy abierta, no sentí en ningún momento discriminación”.

Granados decidió expandir sus conocimientos como enfermera, carrera que ya había comenzado en su país de origen y de ese modo se fue abriendo camino en el campo laboral.

Se inscribió en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL), y realizó una maestría, lo que le permitió crear más lazos con sus colegas “conocí gran personal venezolano”. Pasó a ser docente, “di clases en la Santiago Mariño y en la Alejandro de Humbolt”, además de realizar un doctorado en Unefa.

Y así tuvo la oportunidad de avanzar en su profesión, cosa que no pudo concretar en Colombia. Granados recuerda que “la educación sobre todo a nivel de postgrado es costosísima, mientras que acá tienes más oportunidad y consigues sitios económicos”.

Alegó que en Colombia “hay muchas oportunidades” pero su comodidad en cuanto a espacio se encuentra aquí. “Sientes que tu tierra te atrae pero te sientes forastero en tu propia tierra” debido al manejo de su carrera.

Desde 2003, ha visitado en varias oportunidasdes su lugar de origen, aunque aseguró que su responsabilidad siempre se encuentra en el país. “Hay un arraigo de pertenencia”.

Cuando Granados llegó a este país con su hija, solo el sueldo de un trabajo le permitía costear los gastos de su casa y momentos de recreación entre ellas, situación que ahora es diferente debido a que “el sueldo no tiene un nivel de comparación con la vida real”.

Con un solo sueldo, Mildre lograba pagar su “arriendo”, el colegio de su hija que era privado, más las horas extras a la maestra porque se quedaba con la pequeña mientras ella trabajaba, “en ese momento era un solo sueldo y nos podíamos mantener las dos, sin problemas”.

España presente

María América López, tiene 50 años radicada en Venezuela y expresa sentirse enamorada de este país.Oriunda de La Coruña, llegó junto a su esposo durante su juventud para forjarse un futuro.

Relató que al comienzo fue difícil porque el trabajo que tenía la hacía mantenerse de pie todo el día y se le hinchaban los pies, “tuve que ir a una tintorería a planchar”, recuerda López. Luego pasó a trabajar de costurera en una fábrica y por ultimo laboró por día limpiando casas.

López explicó que su trabajo le dio la oportunidad de comprar su apartamento en conjunto de su esposo, el cual pagaron a cuotas. “Trabajé como una burra, gracias a Dios que ya pagué el apartamento porque ahora estoy sola, mi esposo murió hace 20 años”.

A sus 80 años, María América López sigue trabajando, en esta oportunidad, en una boutique de ropa en Chacao. Su panorama ahora es totalmente distinto, pues ahora contempla como normal que existan familiares fuera de estas fronteras que han dejado parte de sus raíces para formarse en distintos lugares del mundo.

Edición del 2017/11/02
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