23 de octubre 2017

Bebiendo palabras

Wisky

Fue su consumo lo que determinó el vocablo, como registró Gonzalo Picón-Febres

Caña, palo, rasca y ratón. Estos son los puntos cardinales que marcan el rumbo de lo que se bebe regularmente en el país. Palabras de uso frecuente a las que todos, o casi todos, recurrimos a diario y cuyo origen generalmente desconocemos, lo que no nos impide su uso regular en el hablar cotidiano pese a lo alejado que pudieran estar, en nuestro caso, del rigor académico del castellano y del habla culta. Lo popular no quita lo significante, lo fortalece. Cada pueblo tiene su propio lenguaje para expresar el acontecimiento etílico y es el que más acepciones acumula a la hora de nombrarlo.

Las lenguas se aprenden o se olvidan, pero no así la capacidad de expresar ideas y emociones en busca del entendimiento que nos hace humanos.

Si bien lo hispano y lo indígena tuvo sus propios referentes en materia de bebidas alcohólicas, es el aguardiente de caña de azúcar surgido durante la propia formación del país el que marca la categoría, con una fortaleza tan poderosa que su nombre entre nosotros se ha convertido en sinónimo de bebida alcohólica, aunque el Diccionario de la Lengua Española no lo reconoce así.

Comenzó a gestarse en la época colonial pero no fue sino en el período republicano cuando se impuso como nombre genérico de todo licor. Fue su consumo lo que determinó el vocablo, tal como lo registró Gonzalo Picón-Febres, en su Libro raro, de 1912, donde afirma que "una caña es un trago de cualquier licor".

Aguardiente puro, sin ninguna clase de ingredientes. Es nuestro vínculo con un pasado histórico aferrado a un territorio cultural que se expresa en el lenguaje.

Para Alexis Márquez Rodríguez, en Muestrario de voces y frases expresivas, caña es una "forma genérica de designar las bebidas alcohólicas, también se usa en forma metonímica, como nombre elíptico del aguardiente de caña, licor que se destila de la caña de azúcar, distinto del ron, que tiene el mismo origen". Con su académica explicación no hace más que reafirmar la imposición del hablar popular surgida del consumo reiterado de una bebida alcohólica que se nombra a sí misma por su propio origen. Al ser aceptada como tal, surgen otras derivaciones como, por ejemplo, cañandonga, que para María Josefina Tejera, en Diccionario de venezolanismos, es una "ampliación humorística del vocablo caña, en su uso como designación genérica de las bebidas alcohólicas". De igual opinión es Mario Briceño-Iragorry, quien afirma que "esta voz deriva y se refiere al aguardiente de caña de azúcar, pero en el uso corriente se refiere a todas las bebidas alcohólicas". En un artículo de El Nacional, del 20/07/1974, Matías Carrasco (seudónimo de Aníbal Nazoa), titulado Viva el Gobierno, escribe: "Cañandonga vaya y venga, sin que nadie la detenga. Ella es el único artículo de primera necesidad que ni baja ni sube, aunque tampoco está congelado sino on the rocks".

Por extensión surge también cañero como aficionado a la caña y a todo tipo de bebidas alcohólicas que, como dice Márquez Rodríguez, se aplica "a una persona que está frecuentemente en estado de ebriedad". Seguramente por rajar caña, como coloquialmente se dice de quien consume bebidas alcohólicas en exceso. Otros, más elegantes, prefieren decir jalar caña.

Continuará

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