16 de diciembre 2017

De justos y valientes

Autoridad.

La mayor valentía que puede conquistar un ciudadano libre es convertirse en un ser justo

“- Señor Vargas, el mundo es de los valientes.
 - No, el mundo es del hombre justo.

Es el hombre de bien, y no el valiente, el que siempre ha vivido

y vivirá feliz sobre la tierra y seguro sobre su conciencia."

Diálogo entre Pedro Carujo y José María Vargas,

Al Carujo ponerle bajo arresto domiciliario cuando estalla la Revolución de las Reformas 

(8 de junio de 1835).

 

No escuché el video, no quise en realidad, solo vi las imágenes; y ello porque quizás ya conocía, o me imaginaba, el contenido del intercambio verbal entre los dos hombres. Uno trajeado de civil, desarmado, sin escoltas, directo, inquirente, poseso de su derecho, en la sede de la institución que representa, titular de un Poder Público plural y político, electo por la voluntad popular; otro, uniformado, armado, rodeado de personal equipado, registrando en video la situación, asistido de ese poder que otorga al parecer un uniforme militar, por tanto: valiente, seguro, en la sede de la institución que está llamado a resguardar en nombre del pueblo que la eligió, titular de un grado militar otorgado por la República como miembro de la Fuerza Armada Nacional: apolítica, subordinada al poder civil, profesional y disciplinada.

         ¿El motivo y razón del intercambio? Poco importa. Importa que el presidente de la Asamblea Nacional de una República, la cabeza de un Poder Público de un país acude a una oficina ubicada dentro del espacio en donde funciona ese Poder Público a solicitar información, o explicaciones, cualquiera que ella sea; y es vapuleado y agredido por un funcionario público, integrante de la Fuerza Armada Nacional. Es empujado en dos tiempos. En un primer momento el “oficial” coloca su mano en la espalda del presidente de la Asamblea Nacional y lo conmina a salir; en un segundo momento, pareciera que se hace consciente de la posibilidad de ejercer la valentía con que le respalda el entorno y, ahora sí, empuja con violencia, casi con asco al ciudadano ¡Es un triunfo, una victoria! Este último, el ciudadano, sí, se voltea, pero no ejerce ninguna acción en contra del “oficial”, ni física ni verbal, solo lo observa ¿Es un cobarde? ¡Jamás! es el representante en el Estado del pueblo que lo eligió. La fuerza y la valentía, contra la civilidad. La autoridad poderosa de factum, contra la auctoritas moral y moralizante. Así, recordé al profesor español Francisco Santos quien en un indispensable estudio sobre las instituciones políticas de la Roma antigua afirma que la auctoritas viene siendo la experiencia, el prestigio y aprobación de ciertos individuos socialmente valorados, lo que viene a constituir, en la práctica, una limitación al ejercicio del poder, en tanto dominio factual. Es decir, la autoridad sin contenido ni sustento se opone a la acción sustentada por la ética y la valoración social que el prestigio y la aprobación otorgan. Esta razón, conjuntamente con la religión y la tradición conforman lo que Hannah Arendt denominó la “Trinidad Romana”, eje sobre el cual se sustentan los regímenes políticos republicanos y, consecuentemente, las relaciones posibles entre todos los habitantes y miembros de una sociedad libre. Más aún, Arendt afirma categóricamente que la ausencia de cualquiera de los tres componentes de la trilogía inevitablemente trae consigo la caída de las otras dos. Y asegura que es un error presente en la tendencia autoritaria creer que la autoridad (opuesta a la auctoritas) tiene posibilidades de sobrevivir al declive de la religión institucional, a la ruptura de la continuidad de la tradición y a la disolución del contenido moral de ejercicio del poder. Y claro, la propia auctoritas se ve arrastrada a la caída de los dos componentes restantes de la trilogía, quizás en mayor medida. Por lo tanto, el “garantismo” de ejercicio de la autoridad legítima se basa en el respeto a la norma y en la observación de la moralidad de quien ejerce la misma, soportado todo ello en un reconocimiento y validación sucesiva de la sociedad. De allí que debe existir un garante real e imparcial de la regla, del comportamiento y del ejercicio del poder. Si no existe ese garante o existe, pero no garantiza nada, regresamos a lo que Tzvetan Todorov iguala a un estado en donde priva la “ley de la selva” es decir, aquel en el cual sólo cuenta la fuerza. Y afirma Todorov que si definimos la barbarie como el rechazo a considerar que los demás seres humanos son semejantes a nosotros, se puede llegar a ver este mundo regido exclusivamente por un poder que es encarnación perfecta de la barbarie, la cual de suyo no puede contener ningún fundamento ético ni moral.

         La tropelía en contra del presidente de un Poder Público por parte de un hombre investido por la República de autoridad, no tiene nada que ver con la voluntad de ejercer la valentía en su contra; y ello trae a nuestros días las realidades presentes en la Venezuela de 1835: en palabras de don Elías Pino un “país archipiélago” para aquellos años; y nos las coloca en el día a día, en nuestro día a día, porque Carujo está presente en el pensamiento y arbitrariedad de muchos de los hombres que hacen vida en este país: en la valentía que pretende dominar y poseer el mundo, porque ella se traduce en ultraje legalizado; en la imposición de una voluntad porque “me da la real gana”, porque qué es la ley sino un instrumento para justificar la acción valerosa y que “se jodan los demás y que vayan a chillar a la corte celestial”, y básicamente, porque “la de esta tierra la domino yo”. Carujo hoy día quiere caminar nuevamente (¿alguna vez ciertamente lo ha dejado de hacer?) por las calles de nuestra vapuleada Tierra de Gracia, alardea y discurre a viva voz: ¡El mundo es de los valientes!

         Otros… desean ejercer y ejercen la virtud del ciudadano; de aquel que no responde a la valentía y el arrojo altisonante del otro, con el deshonor de la violencia estimulada para increpar y acusar al ímpetu de respuesta sin atender a la agresión provocadora. También, entonces, camina por las calles de Venezuela el doctor Vargas, sin armas, sin uniformes, sin medios para la agresión, con la cara limpia, sin el gesto amenazante ni el grito retador ni la vergüenza ciudadana envuelta en un pañuelo manchado de sangre, pero eso sí: ¡Sin miedo! Tenemos a muchos Vargas en las filas de la Venezuela que no cree ni aspira al cuartelazo, que respeta al uniforme, pero no por la envidia y el recelo frustrado de que sea posibilidad de imposición de una valentía fatua amparada por la fuerza. Y muchos de ellos, de nosotros, también visten un uniforme.

         Somos una sociedad que tiene que conquistar la máxima que expresa la realidad de ser hombres justos, hombres de bien, seguros de sus razones. Quizás, estoy seguro de ello, es la mayor valentía que puede conquistar un ciudadano libre: ser justo.

 

 

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Edición del 2017/11/02
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