Conocí a Juan Carlos Zapata allá por los comienzos de los 70 del siglo pasado. Ya quienes fundamos el MAS nos habíamos ido del Partido Comunista de Venezuela, pero Juan Carlos había optado por permanecer en el viejo partido. Tal vez aquel joven, recién llegado de su Guasdualito natal, allá en los confines de la patria, al ladito de Colombia, no se orientaba bien en los intríngulis del debate que condujo a la partición de aguas en el PCV y se mantuvo en sus filas. Sin embargo, no por mucho tiempo. Un hombre tan inteligente y perspicaz pronto habría de percibir que no tenía nada que buscar en aquella organización. Salió de ella, pero no continuó en la militancia partidista. No era su vocación. El periodismo era lo suyo y en esa vorágine fascinante se zambulló sin mirar para atrás. Para quien, como yo, nunca ejerció el periodismo, la compañía de Juan Carlos en El Mundo resultó inapreciable. Dudo mucho que sin él habría podido yo superar las trampas del periodo iniciático en la profesión. Huele la noticia con un instinto formidable y la persigue con el empeño de un perro perdiguero. Pero, además, opina. Posee criterio e intuición política.
Juan Carlos forma parte de una especie poco numerosa entre sus colegas: el periodista de las grandes investigaciones, que dan pie a libros. Sus reportajes son tan exhaustivos que necesitan del empaque del libro para poder ver la luz. En este sentido, es paradigmática su biografía del Dr. Pedro Tinoco, que ilumina toda una época de nuestra petrosociedad, de nuestro petro-Estado y de nuestros petrobanqueros. Aunque ha ejercido el oficio en medios impresos y en radio, su fuerte es el trabajo por años en un tema -por lo general tan escabroso que necesita de un periodista que no tenga más compromisos que con la verdad que va desentrañando y está dispuesto a dejar amigos a la vera del camino. Tiene la ventaja de una pluma fácil -un tanto barroca cuando hace ficción (que en ese campo ha hecho también incursiones)-, que da a sus reportajes la textura de una obra literaria. Narra con soltura e imaginación, con una prosa muy característica, cortante y se diría que sincopada, que lleva al lector de salto en salto por todos los rincones de su investigación. Se ocupó de los ricos de la Venezuela saudita y dibujó sus retratos sin ninguna complacencia pero con verosimilitud. Tiene Juan Carlos la rara virtud de saber encontrar en la anécdota personal del biografiado el detalle que da sentido a su carácter y explica sus conductas. Para un próximo futuro está trabajando en los ricos de la Venezuela chavista, de esos que él mismo bautizó, en expresión que hizo fortuna, como “boliburgueses”. La burguesía “bolivariana” está en su mira.
Ahora, con este libro -¿reportaje?, ¿novela?, ¿crónica novelada?- de título surrealista, Zapata vuelve a sus pagos natales, los llanos apureños, para darnos testimonio de la nueva barbarie que asola aquellas remotas regiones, la que recoge en ese título sincrético, Doña Bárbara con Kalashnikov. En esa tierra de frontera, donde todavía están a flor de piel las pulsiones salvajes de una gente amplia, generosa y dada al humor, pero bronca y bravía, en cuyo ADN late el arriesgado “jugarse a Rosalinda”, la modernidad ha mutado hacia una expresión perversa y letal, cuyo emblema es el mítico fusil de asalto soviético –ahora ruso-, el kalashnikov, arma de toda c