El estentóreo llamado del Presidente Chávez a prepararse para la guerra ha sido considerado por numerosos analistas, nacionales y extranjeros, como una maniobra de política interna. Por extravagante y cargado, a su vez, de serias amenazas, este llamado –opinan consensualmente estos analistas– tiene las características del clásico recurrir al peligro del enemigo externo para desviar la atención por el cúmulo de calamidades que hoy azotan a todos los venezolanos.
Ante esta situación, que constituye sin duda el asunto crucial de nuestra actualidad política, en lugar de sopesar literalmente en los platillos de nuestra balanza lo que puede haber de genuino o de falso, de riguroso o de oportunista, tanto en las palabras de Chávez como en las de sus intérpretes, preferimos detenernos en la figura misma del “enemigo externo”.
Manido recurso, sin duda, hablar del lobo que viene, mientras seguimos matando nosotros mismos a nuestras ovejas o dejando que las maten nuestra propia desidia en ocuparnos de sus necesidades.
Pero, sin dejar de tener presente que alguna vez el lobo vino, quisiéramos ahora traer a nuestro tan actual y apasionado debate la muy singular y muy científica interpretación que da Hanna Arendt de esta utilización del enemigo exterior por cierto tipo de gobernantes de la época moderna.
Tangencialmente, H. Arendt trata esta cuestión, cuando en su opera magna de filosofía política, habla de Rousseau, de la Revolución Francesa y de la noción de “Voluntad General” Recapitulemos de manera somera y atrevida lo que nos dice la autora en el Cap. II, pags. 74-80 de “Sobre la Revolución” (Madrid, Alianza Editorial, 1988).
Antes de La Revolución, en los regímenes políticos de Francia sólo imperaba una voluntad, la del Rey. Y este Rey dirigía la vida interna de la sociedad francesa y las relaciones de Francia.
Cuando los revolucionarios franceses en el poder decapitaron al Rey, se encontraron, recuerda H.A. con este problema: “cómo lograr que 25 millones de franceses que nunca había conocido o imaginado otra ley que no fuera la voluntad del Rey”, encontraran una voluntad general, una voluntad de toda la nación.
Y ante este problema, recordaron la formula encontrada por Rousseau, siguiendo la máxima de otro pensador político francés: “El encuentro de dos intereses particulares se constituye por oposición a los intereses de un tercero”.
H.A. hace gala de su exhaustivo conocimiento de la sociedad francesa y de los revolucionarios “consagrados a los pobres de la época” para mostrar que la voluntad general resultaba, entonces, del encuentro de la voluntad de estos revolucionarios y de la voluntad que ellos le adjudicaban al pueblo, enfrentadas a una tercera voluntad, la del enemigo común que también los revolucionarios designaban.
Enemigo que, primero fue de adentro: oligarcas de todas las especies (terratenientes, nobles o religiosos; acaparadores de bienes; funcionarios del antiguo régimen); luego, de afuera, y, finalmente, entremezclado. Con la mente en el único revolucionario consagrado a nuestros pobres venia de la admirada Hanna, concluyamos: Nihil sub sole novum. Nada nuevo bajo el sol