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Ha sido en calidad de forzado escucha del lenguaje del Presidente Chávez como he terminado por interesarme en la caricatura. Confesión esta que puede tomarse como una insincera figura retórica, o no se qué oculta ironía o mezquina denegación del gran goce estético que siempre me han procurado los grandes caricaturistas, criollos o foráneos, pero que, no obstante, es rigurosamente cierta. Vivencia personal que, por haberme revelado rasgos fundamentales y decisivos, no de ese género de lenguaje o expresión artística, sino del Presidente que nos gobierna, considero oportuno comunicarla a mis lectores, a riesgo, por supuesto, de que algunos de ellos no vean en mi texto sino la caricatura de un análisis.
Maestro consumado de la caricatura. Riesgo inevitable, pues supe que existía desde el momento mismo en que me vino a la mente asociar a Chávez con la caricatura. Todos, en efecto, conocemos y sabemos apreciar lo que es y ha sido la caricatura y quiénes son quienes la han practicado. Y también estamos más o menos conscientes, sin previas pesquisas en diccionarios, enciclopedias o manuales, que "si bien el término caricatura es extensible a las exageraciones por medio de la descripción verbal, su uso queda generalmente restringido a las representaciones gráficas". Conocimientos o preconocimientos que, en lugar de impulsarnos a relacionar a Chávez con la caricatura, nos previenen de no hacerlo.
Y, ¡sin embargo! Yo, que sabía de la caricatura, como tutti quantti, que desde el momento mismo en que naciera en Italia a finales del siglo XVI, ha sido considerado como "lenguaje que utiliza elementos del de las artes plásticas o de la literatura, para comunicar ideas o hechos, exagerándolos o reduciéndolos arbitrariamente", he terminado por considerar al Presidente Chávez como un maestro, nato o autodidacta, de la caricatura. Apreciación que de día en día se fortalece.
Sigámoslo, a toda prisa, en su vertiginosa carrera política, desde la primera toma de posesión hasta sus más recientes órdenes y declaraciones. La inspiración o el trance puede advenir en ocasiones solemnes y en tono circunspecto, como cuando llamó "moribunda" a la Constitución que tan vigente estaba que por ella juraba o cuando aseguró en la Gran Sala de la ONU donde discurseaba, que ahí apestaba a azufre, olía a demonios.
Metáforas de dudosa calidad donde todos pudimos ver caricaturizada su voluntad de dar muerte a una Constitución democrática o el exorcismo caricaturesco del demonio que más le ha obsesionado, George W. Bush. Pero es, sobre todo cuando le toca enfrentar situaciones de crisis y de manifiestas dificultades, que su afán de caricaturizar se muestra más prolijo.
Es lo que hemos visto en estos días Así, al hacerse evidente las implicaciones de su gobierno en el posible colapso del sistema de energía eléctrica, el Presidente no nos habló directamente de su responsabilidad o de sus planes y programas, sino que recurrió a otros dudosos tropos para caricaturizar también la situación: desde la sinécdoque ramplona de la linterna de pilas, hasta la metonimia de decir, sin rubor: "la electricidad, que está faltando en todo el mundo, falla hora también entre nosotros". Y ¡qué decir del idéntico procedimiento poético que ha utilizado para hablar de la escasez de agua tanto de la totuma como el Niño!
Virtud poética o necesidad política. Si volvemos, ahora, a otros elementos de la caricatura, encontramos que, a pesar de ser menos evidentes, se relacionan seguramente más profundamente con Chávez y su manera de pensar y actuar. La historia y la sociología de la caricatura indican que esta expresión artística o este otro lenguaje en la comunicación humana es practicada por dos géneros de razones.
Hay quienes caricaturizan por que consideran que este es un lenguaje que expresa mejor, por razones éticas o estéticas, sus ideas y hay quienes recurren a la exageración, la reducción o el disfraz de los hechos porque no tienen ni el poder, ni la licencia, u otras condiciones para reflejar directamente su visión de la realidad. De la miseria, la corrupción, el crimen o la maldad suelen hablar los caricaturistas, en libros, periódicos o revistas, con diseños o gráficos.
Hacen caricaturas, en otras palabras, porque no tienen poder para combatir de otra manera los vicios y miserias que se dan en todas las sociedades. La caricatura, en una palabra, desde Daumier hasta Zapata, desde Quino hasta Mordillo, ha sido la expresión de quien se rebela contra la realidad, sin tener el poder para transformar esa realidad.
Y eso explica, como bien se sabe, que la caricatura en política es asunto de los opositores y, más concretamente, de los que hacen oposición a los políticos. Y ocurre lo mismo cuando la caricatura se encarna en formas literarias ocurre exactamente lo mismo.
Pensemos en a grandes textos contra el autoritarismo, la opresión y el oscurantismo, que nos ha dejado gente como Voltaire o Bernard Shaw, como Savater o Monsivais.
Y, entonces, ¿por qué practica Chávez tan sistemáticamente y con tanto esmero y espontaneidad la caricatura? Hay, lo sé, una respuesta al borde los labios de los opositores: porque Chávez sabe que este lenguaje lo acerca a los pobres y humildes (de los que se siente dueño para siempre) y distrae a la oposición, sector social donde el humor, así negro o chabacano, siempre prende y provoca.
Pero eso no es la esencial razón de ser de la vena caricaturista de Chávez, sino su conciencia, lúcida pero trasvestida en su exposición, de que no tiene poder ni reales fuerzas o elementos efectivos para enfrentar la realidad, no ya para transformarla, sino para impedir que empeore.
Por esa razón, por lo demás, Chávez hace caricaturas no sólo con las palabras, sino con los hechos. ¿No es el Alba una caricatura de la integración de las naciones latinoamericanas? Y ¿Qué es el Sucre? ¿Qué ha sido Barrio Adentro como expresión de un Servicio de Salud Público? Y ¿qué ha sido esta "revolución bonita" como expresión del socialismo del siglo XXI?
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