Quizás no exista un bien cultural que nos permita hoy día acercarnos con más comodidad y mayor eficiencia a la globalización que los anuarios, almanaques o calendarios que justamente suelen publicarse en esta época, cuando el año termina en buena parte de las naciones en que se divide el mundo.
Sí, gracias a la globalización, los anuarios que circulan por el mundo, independiente de sus lenguas de origen, de su patrimonio histórico, científico o artístico, dicen todos lo mismo. Que sea el “Atlante de Agostini “, calendario de Novara, Italia –mi preferido cuando aún podía comprarlo; el muy francés y academicista “L’Etat du monde”; el “Index Mundi”, siempre sospechado por ser confesamente de la CIA o cualquiera de los muchos almanaques que ya comienzan a estar en nuestros kioscos, todos dicen lo mismo.
Nos hablan de los mismos aspectos de la economía, la educación, los ejércitos y las religiones y nos dan de ellos las mismas cifras, las mismas estadísticas..
El lector unidimensional
Pero la globalización no sólo ha permitido ese género de homogeneidad, sino que ha hecho posible también una lectura homogénea, o, como diría el filósofo de los años 60, Herbert Marcuse, ha creado un lector unidimensional. Sin distingo de especificidades (procedencia geográfica, área cultural, situación económica), el lector se acerca por lo regular a los anuarios de hoy para hacerle las mismas preguntas.
Y, como quiera que los sujetos de los que se ocupan estos libros son las naciones, nos hemos acostumbrado a convertir la lectura de ellos en una especie de palmarés, convirtiéndonos en definitiva en jueces del desempeño de cada nación, a lo largo del año transcurrido, en las diversas actividades y faenas realizadas por sus pobladores.
Así, cualquier lector de anuarios de cualquier parte del mundo puede sentenciar por esta época que tal país superó a tal otro en la producción de soya, de cacao o de hongos porcinos.
Puede constatar, con pena o satisfacción, que tal otro país disminuyó en la producción de diamantes, de petróleo o de autos importados. Los anuarios, en pocas palabras, nos invitan día a investigar con confianza y seguridad y a juzgar con ecuanimidad sobre los triunfos y fracasos de todas las naciones.
Esta homogeneidad en las representaciones que nos permite la lectura de los anuarios –y que, conciente o inconscientemente solemos aplicarla a cualquier otro texto oral o escrito con que nos topemos– es tan frecuente que nos cuesta pensar que todavía en épocas recientes quedaban grandes zonas geográficas o aspectos de las culturas, las religiones o la política de los pueblos que permanecían en la sombra, que eran ignoradas por buena parte de la humanidad.
Quién gana, quién pierde
Pero en esta reducción que ya naturalmente hacemos de las actividades de los diversos pueblos a un elenco de triunfos y fracasos, se oculta todo lo que hay de real y viviente en la historia de los seres humanos y, en consecuencia, en la vida de los pueblos que conforman las naciones.
Para confirmarlo, basta con que nos preguntemos ante cualquiera de los más triviales o más imponentes hechos o cifras que nos traen los anuarios, si de verdad ellos representan fracasos o derrotas de las naciones, pues al hacernos semejante pregunta sentimos que nos adentramos en un mundo infinitamente más complejo
Mundo más complejo, del cual, sin embargo, cada ser humano en edad de razón y de cualquier área cultural de donde provenga, está en capacidad de comprender, aún refiriéndose a sus propias experiencias.
Un triunfo o una derrota nacional por lo regular sólo ocurre en el mundo del deporte o en el mundo de la creación artística y literaria lo sabemos todos: cuando derrotan a la Vinotinto, nos derrotan a todos y cuando Dudamel es aclamado en Viena o en Paris y que a nuestro poeta Rafael Cadenas le otorgan ese distinguidísimo premio a la Poesía en Lenguas Romances, todo Venezuela, la de ayer, la de hoy la de mañana, ha triunfado.
Por lo regular, decimos, pues, a pesar de la constante que acabamos de mencionar, si se dan, en la vida cotidiana, hechos y cifras que, producidas o no por los seres humanos, que son vividas como fracasos o triunfos de la nación entera. Así, los terremotos, deslaves o huracanes, pero igualmente, y en contrapuesto signo, el descubrimiento de un lago de litio o de una mina de oro.
Fenómenos naturales que los pueblos viven como desastres propios o como signos de bienestar común para el futuro. Pero se dan también en la vida cotidiana otros hechos, obra esta vez de las actividades regulares de la sociedad civil y de las élites o gobiernos que las suelen dirigir, que pueden convertirse en grandes fracasos, derrotas o desastres para toda la nación o que también pueden ser vistos como triunfos y victorias.
Pensamos, para decirlo abruptamente en aras de la escasez de espacio, en lo que viene ocurriendo en Venezuela desde hace ya una década, sin que den cuenta de ello las cifras y los comentarios de ningún anuario.
Pensamos, por un lado, en el acelerado e inevitable deterioro de la instalación y producción de energía eléctrica en el país; en el perceptible y creciente deterioro del sistema de carreteras del país, cuyo colapso está anunciado desde hace años; en el estancamiento y desarticulación de lo que hasta finales del siglo pasado se veía como un proceso de continuo aumento y diversificación del sector ganadero y un indetenible proceso de industrialización del mismo.
Y, por el otro lado, pensamos, en los numerosos triunfos que el presidente Chávez ,”en su afán insomne de tener que reafirmarse una y otra vez “ (palabras de Thomas Mann), nos dice reiteradamente que la nación ha alcanzado en las áreas de la salud y de la educación o en el establecimiento de alianzas y amistades con otras naciones.
Pero al sólo evocar esos fenómenos, nos damos cuenta que los fracasos son reales, pues afectan a todos los sectores de la nación, comprendidas élites y actuales gobernantes y los triunfos, en cambio, la nación entera los percibe, en el mejor de los casos, como mera ilusión, o como espejismos, para decirlo en el irresponsable verbo de Giordani.