Un golpe seco, metálico, definitivo, marca el descenso implacable al submundo de la prisión. Es el graznido de la reja cuando se cierra, el primer sonido que queda impreso para el resto de sus días en la mente del recluso, a veces un asesino o un violador, pero también un muchacho torpe del barrio que falló en su primer atraco.
A ese vértigo insomne, que son las cárceles venezolanas, alcantarilla por donde se derrama la maldad, codificada en silencios y miradas que sentencian muertes, incursionó Patricia Clarembaux, una joven periodista a quien ya se le vislumbra la condición de escritora.
Las 159 páginas de A ese infierno no vuelvo se leen con el mismo sobresalto del espectador que asiste extasiado a una película de Tarantino.
No es novela ni ensayo sociológico, sino el testimonial de quien traspasó la línea amarilla del peligro y no se derrumbó para mostrarnos el fracaso de una política gubernamental penitenciaria pinchada en flashes de cámaras, y funcionarios de rojas camisas signados a repetir las mismas frases que dividen a los habitantes de este país en buenos y malos.
Son historias infrahumanas, de hombres que gotean en silencio sus miserias, seres que no esperan nada de nadie, envejecidos prematuramente y que sostienen sus horas con las visitas de los miércoles, cuando sus madres, tías, hermanas o esposas pasan el umbral de la humillante requisa y adoban esos reencuentros con falsas ilusiones.
A ese universo invisible, del que sólo se sabe por la prensa si las muertes sobrepasan de diez, Patricia Clarembaux le tomó la temperatura criminal, vio a los malos llorar, supo de violaciones masivas o de muertes sumarias, oyó los latidos del que sufre por los retardos procesales, auscultó las cifras oficiales y las comparó con opiniones de los expertos, y tras un exorcismo que la devolvió a la periodista que nos deleitó durante un tiempo en este diario, nos trae esta postal de la mayor injusticia contra esos compatriotas que alguna vez fueron injustos.
A ese infierno no vuelvo no es un libro político. Tampoco reinventa el género testimonial carcelario que hace años escandalizó Sebastián Aldana con su Retén de Catia.
Pero tiene un valor inestimable: la periodista nos restriega en el rostro la realidad que sucede aquí y ahora, en la Venezuela donde unos revolucionarios iluminados pretenden darle lecciones de justicia social al mundo.
De ese país que se desangra los fines de semana y donde los corruptos son ascendidos a superministros, Patricia Clarembaux nos trae una carta que deberíamos leer con el estremecimiento con que se leen las malas noticias, con una postdata que dice: el infierno existe.