Ya incluso desde antes de la muerte de Gustavo Polidor, popular jugador de los Tiburones de La Guaira ultimado por asaltantes frente a su casa en 1995, el fantasma de la violencia persigue al beisbol venezolano, aunque ahora con más contundencia que nunca.
Se han repetido situaciones lamentables en las que se vieron involucrados peloteros con armas de fuego.
¿Qué hacen los beisbolistas con una pistola en su poder si sus artefactos de trabajo son los bates y los guantes? ¿Las portan para defensa propia? ¿Por temor a los delincuentes?
En plena recta final del campeonato 1991-1992 de la LVBP, después de un juego en Barquisimeto, Julio Machado, lanzador de las Águilas del Zulia, abortó su promisoria carrera al dispararle y quitarle la vida a una mujer.
Según alegó la defensa en el juicio que se le siguió y que lo llevó a la cárcel, el serpentinero pensó que le perseguían para atracarlo.
Unos años más tarde, varios jugadores de los Tigres de Aragua, entre quienes se encontraba el pitcher Francisco Buttó, terminaron de mala manera la celebración de uno de sus títulos: un tiro que se disparó accidentalmente segó la vida del bat boy del equipo y el lanzador fue condenado en los tribunales.
Ugueth Urbina, otro gran cerrador criollo, cumple sentencia de 14 años en la Penitenciaría General de Venezuela por intento de homicidio. Supuestamente agredió a sus víctimas porque habían hurtado un arma de su propiedad. Ya anteriormente, el relevista había sido detenido por la policía tras efectuar disparos al aire a la salida de una discoteca.
Hay hechos de más reciente data. Lo de Luis Rivas, el utility de los Navegantes del Magallanes que se disparó en una pierna con su propia pistola al tratar de repeler un atraco, y está el caso de la protesta protagonizada hace unos días por Tomás Pérez en Margarita, donde se habló extraoficialmente hasta de armas.
No es de extrañar que tras el infortunio de Rivas, más el secuestro de la madre del pitcher Víctor Zambrano, dos de sus compañeros de equipo en el Magallanes, el importado estadounidense Brian Dopirak haya decidido marcharse a su país de repente (el viernes venidero) y que para casarse, cuando se suponía que se quedaría hasta donde llegara el club, incluyendo una eventual participación en el round robin en enero próximo.
La directiva de los turcos manifestó su sorpresa por la decisión del norteamericano y a lo mejor es verdad lo de la repentina boda (nunca estuvo en los planes), pero queda la duda.
Hay que imaginarse a Dopirak al llegar al dogout magallanero y enterarse de las noticias. Cualquiera tiene derecho a asustarse en esta especie de pueblo del viejo oeste en que se ha convertido Venezuela, donde ronda la ley del revólver hasta en los estadios.